Reseña crítica Siempreviva de Klych López


Por Sandra M Ríos U
Twitter: @sandritamrios




 

Con Siempreviva es la tercera vez en los últimos cuatro años que el cine colombiano revive uno de sus capítulos más difíciles y dolorosos: el holocausto del Palacio de Justicia. En este lapso de tiempo hemos visto un documental (La Toma de Miguel Salazar) y dos ficciones (Antes del Fuego y Siempreviva). Lejos de creer que este tema está saturado, ha posibilitado desde distintas miradas no olvidar un hecho que el próximo 6 de noviembre completa tres décadas de ejecutado. El largometraje se ha estrenado previo a un acto de desagravio por parte del Estado, ordenado por la Corte Interamericana de Derechos Humanos y en el que se debería reconocer su responsabilidad.

¿Se logrará este evento de reconciliación histórico? Aún no se sabe. Hasta el pasado 7 de octubre una hija de una de las víctimas, Anahí Urán, le enviaba al Ministro de la Defensa una carta suplicando que el acto en efecto se de y que el presidente Santos o él, como representante de esa cartera, hagan necesaria presencia (Leer la carta completa en la revista Semana).

Siempreviva justamente representa a las víctimas, no solo contando la historia basada en hechos reales de una de las 11 personas desaparecidas, sino también de las víctimas que perdieron sin explicación a un ser querido, y lo hace desde la ficción adaptando a su vez la pieza teatral de Miguel Torres “La siempreviva”.

En un casa típica de La Candeleria conviven varios inquilinos, todos sobrellevando una crisis económica, todos con posiciones políticas y temperamentos distintos, eso sí, los une su misma convivencia y Julieta, la más jovencita y la que pronto se graduará de abogada.

La historia se cuenta desde un espacio único y simulando estar hecha en una sola toma (el deseado y apreciado plano secuencia) que tiene el efecto de hacer que los espectadores se confinen en el mismo espacio, se concentren en sus personajes, perciban su diario vivir y se incomoden con sus dilemas, preocupaciones y angustias.

La puesta en escena con el largo plano secuencia acerca el largometraje aún más a la obra de teatro, al obligar calcular cada detalle, cada entrada o salida de un personaje (o de la cámara), la distancia entre los actores o sus diálogos. La exigencia de este recurso sofistica la película, pero hace que todo esté bajo control, perdiendo con ello realismo. El plano secuencia es un recurso estético muy atractivo, pero Siempreviva tiene un guion muy sencillo, haciéndonos pensar que desde lo narrativo no era tan necesario:  termina limitando la historia, a los personajes y sofocando por momentos al espectador.

El potencial de la película está en sus mismos personajes que plantados desde lo muy dramático o lo cómico, tienen la facultad de representarnos como sociedad: el vivo es un agiotista, la ama de casa sometida a su pareja, un mantenido, el que divierte (como payaso) pero carga su propia “cruz”, o la madre sufrida. Todos ellos son el retrato de un país, de su gente, la real. De hecho, hay momentos que los personajes, aún con sus vicisitudes, se hacen entrañables recordándonos a otros tan inolvidables como los de “La gente de la universal” o “La estrategia del caracol”. El ejercicio actoral de todos es notorio y preciso, destacándose muy particularmente lo hecho por Andrés Parra, Enrique Carriazo y Laura García. Es también hasta ahora la mejor interpretación en cine de Alejandro Aguilar.

Klych López es el realizador que ejecutó la película con las exigencias de Clara María Ochoa (entre ellas la del plano secuencia), una de las productoras de este largometraje y quien desde los años noventa había estado intentando convertir la historia en una versión cinematográfica. López supo resolver los desafíos técnicos y estéticos de esta película claramente emotiva.

Siempreviva merece ser vista por muchos colombianos. Sigue en cartelera.


 


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