Reseña: Parador Húngaro


Por Sandra M Ríos U
Twitter: @sandritamrios




Publicado originalmente en el Diario del FICCI No. 005

¡Cuánto le gustaría ver a Abbas Kiarostami este documental! Esto lo pienso después de traer las palabras que otro director recordaba de las enseñanzas que el cineasta iraní ha dejado en el festival mientras concedía una entrevista. Kiarostami ha insistido en que los directores se complican mucho, que hay que hacer las cosas lo más sencillo posible.

Así es este film que es ideado por una persona que no había hecho cine antes (trabajó como asistente de dirección), pero que sabe que ha encontrado una gran historia, que la encontró en Colombia, en el centro de Bogotá, en un lugar de comidas rápidas, pero no de hamburguesas o papas fritas. El hombre que la halló es aún más singular que su descubrimiento, alguien que ha optado por vivir un estilo nómada.

Patrick Alexander es estadounidense, pero dice que es húngaro. Su espíritu no es solo nómada, sino también rebelde. Decidió revelarse contra su país porque no se identifica con el. Desde pequeño se trasladó, pues su padre era un militar y eso lo llevó a ver la otra cara de su pueblo. Se quedó estudiando en Hungría, lugar que lo identifica y donde ha dejado grandes amigos, pero lo suyo es moverse y ahí es cuando aparece Colombia y PARADOR HÚNGARO, un popular local con más de 50 años de tradición y cuyo dueño, Gyuri Villás, se asiló en el país con su familia tras la Guerra Fría.

Esta ópera prima es un viaje ameno al pasado tanto del director como del protagonista. El primero porque con Gyuri parece haber encontrado la excusa para hacer una retrospectiva de su vida y porque su personaje con su familia le generan esa nostalgia por el lugar donde sí se siente cómodo. El segundo, porque con él recordamos aquella época en donde la Unión Soviética interfería en las decisiones políticas del gobierno.

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Esa intromisión fue lo que ocasionó la Revolución Húngara, que surgió de manera espontánea por el deseo del pueblo de liberarse del comunismo. Gyuri perteneció al ÁVH, un cuerpo de inteligencia secreta que tenía armamento, mismo que utilizó contra los manifestantes, hecho que desató aún más la ira y conllevó a una reacción en cadena de revueltas y violencia.

Director y protagonista tienen más coincidencias; ambos dejaron sus países, decidieron desistir y alejarse de la guerra, ambos añoran Hungría. Este es un film cercano, finalmente no solo el protagonista es quien nos revela su historia, sino que su realizador nos destapa su vida y sus emociones. Patrick, por la sencillez que otorga su estilo de vida, ha elaborado un film honesto, ha puesto frente a la cámara un dilema que le surgió por la época del rodaje (2006): ¿es hora ya de dejar de seguir moviéndose? Una pregunta que al encontrarse con el propietario de este sitio lo invitó a reflexionar.

La suerte de ambos es ahora muy distinta (véanla), pero de los dos nos quedan sus historias humanas: las que repasan la guerra y la inmigración, y las que nos hablan de las emociones del alma. El film ha sido muy bien codirigido por Aseneth Suárez.


 


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