El Árbol de la Vida (The Tree of Life) de Terrance Malick – Reseña


Por Sandra M Ríos U
Twitter: @sandritamrios




“Vive con amor porque sino el tiempo pasará en frente de ti sin darte cuenta”

Detrás de la apacible tranquilidad que refleja el universo al mirarlo con todas sus estrellas y planetas, se esconde toda una serie de movimientos fuertes, de choques y colisiones que generan polvo de vida en una especie de danza feroz. Sacrificios a gran escala que se realizan para mantener la armonía de todo el universo. Esa misma dinámica la sigue nuestra naturaleza que en medio de tanta belleza mantiene en una tensión constante a la espera del evento que desate una nueva y despiadada acomodación.

En medio de todo esto estamos nosotros los humanos para disfrutar y temer de la naturaleza del cosmos, para ser actores que mantienen o interrumpen esa armonía o para creer y cuestionar las acciones de una fuerza divina que nos da pero que también nos quita. El porqué de estas circunstancias o la razón que lleva a creer que la vida es caprichosa son algunos de los planteamientos tan trascendentales que expone Terrence Malick en su último film, El Árbol de la Vida, que se ha convertido en un rotundo éxito para la crítica que la ha premiado con infinidad de galardones. No más hace ocho días, sumó premios a Mejor Película, Mejor Director y Mejor Fotografía por la Asociación de Críticos de Cine de San Francisco.

Las comparaciones entre universo, naturaleza y humanos siempre están ahí tan presentes pero a la vez tan imperceptibles para nosotros y por eso Malick no duda en hacerlas visibles. Lenguaje visual, poesía concluimos muchos, es todo lo que nos muestra este genial cineasta. El universo, el mar, los volcanes o un jardín de un hogar que no necesitan texto alguno. 17 minutos suman en total esta serie imágenes empleadas por Malick como recurso para ejemplarizar una frase tan contundente con la que abre los primeros y escasos diálogos de este film: “La naturaleza te trata con prepotencia”.

La vida es de idas y venidas, de alegrías y tristezas, así conocemos la historia de la familia católica O’Brien de Texas que se ve enfrentada a la desaparición temprana de uno de sus hijos. Una familia, que volviendo a las comparaciones, se topó con una circunstancia tan convulsionada que movió las placas más íntimas de todos sus miembros, quienes a partir de ese instante no volvieron a ser iguales. Una madre con el dolor más profundo pregunta al cielo, ¿Dios, qué somos para ti?

Llenos de desesperanza, la crisis existencial los cobija a todos y con uno de los hijos ya adulto, Jack interpretado por Sean Penn, comenzamos ese viaje al pasado de esta familia, en un intento, de este hermano sumido en una constante agonía, por encontrar respuesta o justificar en sus propias vidas la razón por la cual los abandonó Dios y permitió la muerte de su hermano.

La película se ambienta en la época de los cincuenta y de ahí a que su padre, en una gran interpretación y caracterización de Brad Pitt, asuma de forma recia la educación de sus hijos. El señor Obrien entiende que su responsabilidad es preparar a sus hijos en un mundo hostil donde el mensaje que se trasmite a diario es que para “triunfar no se puede ser tan bueno”.

Repasando su pasado este hijo entiende que la represión de una niñez difícil se debe a una respuesta amorosa de un padre que quiere brillar para sus hijos, de un padre que teme que el mundo castigue a sus hijos con injusticia e indiferencia. Pero no todo fue amargura en esta familia y como las raíces de un árbol que a veces se tuercen, también hay cimientos fuertes, representados en la figura celestial de una madre que sabe callar, respeta a su esposo y que con la dulzura más infinita los asiste. La actriz Jessica Chaistain encarna esa figura maternal haciendo un gran trabajo para trasmitir emociones tan disímiles como el amor, el miedo o la tristeza. Las actuaciones de los niños también son acertadas en especial la del joven Hunter McCracken como Jack (Sean Penn niño). Su mirada expresa muy bien la confusión por la que pasa un adolescente que se sume en un estado de rebeldía.

Es un proceso de reconciliación el que teje Terrance Malick a través del hijo ya adulto, narrando una historia compleja como la vida misma, pero a la vez resaltándola como un caso minúsculo dentro de los vaivenes de este infinito universo que Malick inicia con una chispa de vida y termina igual después de que el Sol nos ha absorbido por completo.

No hay entonces mejor resolución para los conflictos y para entender los caprichos de la vida que vivir cada minuto con amor, ese divino sentimiento que Malick se encarga que brille a cada instante con una cámara que parece flotar y unas tomas en unos ángulos complejos y perfectos. Y es en esta conclusión donde se puede definir que nos enfrentamos a la obra más panteísta de Malick, filosofía con la que siempre se ha asociado a este cineasta. El amor en todas sus manifestaciones y desde todas sus formas (humanos, el cosmos, un pájaro, una hormiga, vida microbiana) forma parten de una creación divina y de un todo que para esta filosofía es la representación del mismo Dios.

Malick se mete de lleno en este film en un terrano tan delicado como lo es de las creencias y por esta razón, el film no es apto para muchos que podrán acusarla de propaganda religiosa o filosófica. Pero si el espectador es capaz de vencer la barrera de sus propias creencias y reflexionar sobre los cuestionamientos tan extremadamente existencialistas que plantea el director, podrá vislumbrar una obra genuina, de características tan especiales que muy difícilmente podrá verse un film que se le asemeje. De hecho, El Árbol de la Vida era un proyecto que Malick tenía archivado desde hacía muchos años y que no revivió él, sino los productores del film.

Es para mí la obra cumbre de este enigmático cineasta. Un film ambicioso, que impacta, abruma, confunde pero también adoras porque por algún lado, de seguro, te hará tocar las fibras de tu propia existencia. Una película exigente y compleja que en encuentra en el cine y sus imágenes, la mejor forma de hacer un discurso sobre la vida misma, sobre la creación. Hablar sin palabras trasmitiendo a través de una fotografía preciosista el resto del discurso que con solo las palabras se quedaría muy corto.

Para muchos un error de la película es que la carga simbólica que tiene es tal, que muy difícilmente podrá captarse toda en su conjunto viéndola una sola vez. Ese es un tema de discutir en otro momento, pero en el caso de esta película se hace necesario. Solo viendo y repitiendo este film (yo la he visto en tres ocasiones),  se puede disfrutar a plenitud y se puede percibir la inagotable dulzura e infinita filosofía de amor que pretende trasmitir.

No se la pierdan en cine a partir del 06 de Enero de 2012.


 


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