Entrevista a David David, director de La frontera, una película colombiana de largo recorrido en festivales y premios


Por Sandra M Ríos U
Twitter: @sandritamrios




“Siento que al final eso es lo que uno debe hacer como director. Así conozcas el lenguaje, debes dejarte guiar por cómo lo dicen”.

 

El Festival de Cine de Cartagena 2020 tenía entre su programación el estreno de La frontera, ópera prima de David David, pero justo el día de su primera exhibición el festival con algunos días de andamiaje debió ser dado por finalizado tras la declaratoria del gobierno nacional del Estado de Emergencia para poner frente a la pandemia por el coronavirus el 17 de marzo. Con ello se perdían los asistentes la oportunidad de descubrir a un gran talento del cine colombiano, con una película modesta, pero con un mensaje muy claro y honesto sobre lo que absurdamente nos divide y la necesidad de reconectarnos, algo que sin pensarlo cobra vigencia en estos tiempos retadores para la humanidad.

Si bien,  ese espacio perdido no permitió que otros programadores, agentes y distribuidores pudieran verla y así lograr el proceso de exhibición en salas del país, la película ha continuado con un exitoso recorrido en festivales nacionales e internacionales donde además se ha llevado varios reconocimientos como el de Gramado en Brasil donde obtuvo el premio a la Mejor Película Extranjera, además del de mejor guion y dos premios más para dos de sus actrices. Así mismo, en el Festival de Cine de Cali donde recibió en diciembre una mención especial y ha sumado selecciones oficiales en Vancouver, en el Cairo, en los Festivales Latinos de Seattle y Chicago, y más recientemente en el Festival Internacional de Cine de India que finalizó el pasado 24 y al cual fue invitado el director.

 David David tiene varios cortometrajes que confirman sus grandes habilidades como narrador, al cuidar no solo la imagen sino las historias, que parecen siempre tener muy en cuenta, sin subestimarlo, al espectador. De hecho, en diciembre hizo parte del Festival de Cortos de Bogotá – Bogoshorts – con su cortometraje “Año sabático” que terminó llevándose el galardón Santa Lucía a Mejor Guion. En esta conversación hablamos a groso modo de lo que ha sido ese recorrido de la película en tiempos de pandemia y el proceso de creación de su obra. 

  • Digamos que de las primeras lecturas de lugares remotos que tuvo La frontera fue en el Festival de El Cairo. ¿Cómo la recibieron allá?

Esas lecturas vinieron a cuenta gotas y a varios niveles. Ellos me escribieron mucho antes incluso de cerrar el periodo de convocatorias diciéndome que les había gustado mucho La frontera y que querían que hiciera parte de la sección central. El del Cairo es un festival clase A y ellos suelen esperar hasta el final de las convocatorias para tomar decisiones de último momento, pero sintieron que la película iba a funcionar. Después de viajar y estar en la sala de cine junto al público, en la premiere, fue un momento revelador. Desde la escritura comencé a tejer momentos de pequeñas dosis de un humor muy propio de mi entorno. La frontera es dramática, pero hice que se construyera también de esas cotidianidades que hacen que los personajes tengan momentos de desestrés en medio del drama. No pensé que la gente lo fuera a entender tan claramente. En la sala veía que la gente disfrutaba y se reía. Fue para mí como una montaña rusa de emociones el sentir que la gente vibraba con lo mismo que tu vibraste cuando ibas haciendo la película. Otras lecturas tuvieron que ver con esos profesionales que estuvieron ahí. Uno de ellos fue Stephen Gaghan, el cineasta que escribió Traffic (de Steven Soderbergh) y el mexicano Michel Franco (Después de Lucía, Chronic, Nuevo Orden). Con ellos también hubo espacio de charla y por sus comentarios percibí que les gustó, lo cual, siendo mi primera película, fue algo muy estimulante.

  • Hay algo que no tengo claro. ¿Alcanzó la película a exhibirse en el FICCI, que debió ser interrumpido por el anuncio del arranque de la emergencia por la pandemia?

Se había programado cuatro funciones oficiales y una arrancaba el viernes, día justo en el que se canceló el festival, pero el Ministerio de Telecomunicaciones a través de su programa “Cine para todos” hizo la selección de dos películas, un documental y una de ficción, la mía, y a esa pude asistir. También fue una experiencia muy bonita y reveladora ver que personas con limitaciones rompían esas barreras y comprendían y disfrutaban la historia, que además  es algo que aborda la película.

  • A pesar del Covid-19 y la ausencia de festivales presenciales el 2020 fue un año muy gratificante para La frontera y se abrió caminos como en Gramado con cuatro premios, pero hubo dos muy especiales también: el de Santiago, donde regresabas y el  de Vancouver porque, como no suele pasar, estuviste en dos categorías.

La selección de Santiago fue una selección bastante rigurosa. En efecto, yo ya conocía el festival porque ahí empezamos el circuito de exhibición de la película cuando apenas era un working progress. Fue entonces como un abrebocas. Estar seleccionado ahí fue de mucha ilusión, porque es un festival donde se reúnen muchos colegas del cine y la cinematografía chilena siempre ha estado a la vanguardia. Estar ahí era uno de mis objetivos y me gustó mucho estar en la categoría de “Visiones del mundo” donde incluyen películas que han tenido un gran recorrido en otros festivales. Lo de Vancouver, como dices, yo creo también que no es muy usual que escojan una misma película en dos categorías, siendo además una ópera prima, y eso lo hace más halagador. Los festivales tratan de ser diversos en su programación y elegirla en ambas es importante. Ahí sí hubo una función presencial que fue emocionante, por esa sensación de que todo estaba regresando como a la normalidad.

  • ¿Qué es La frontera?

Bueno, a ratos se me hace difícil describirla, pero diría que es una historia que trata de un tema que a mí me preocupa mucho y que tiene que ver con esas distancias que ponemos entre nosotros al relacionarnos. Recuerdo clarito que cuando hubo todo ese boom de tecnología nos enorgullecíamos de decir cuán conectados estábamos. De decir que podíamos hablar con gente de otros lados en simultánea y sentíamos que íbamos a ser ciudadanos del mundo, pero poco a poco fue surgiendo la necesidad de aislarnos para sentirnos seguros.

Yo tengo hace varios años un guion que pensé que sería mi primera película (Fuego en la memoria). Yo lo he presentado en muchos foros y talleres de formación, y de hecho le ha ido muy bien porque ha ganado más de 10 becas internacionales, pero no ha alcanzado lo de la financiación. La frontera también nació un poco de esa frustración.  

  • ¿Qué factores específicos de esas paradojas de la globalización te inspiraron para hablar de esas barreras?

Cuando La frontera fue sembrada en mi cabeza, yo regresaba de España de estudiar, por ahí en la época en la que la lucha de Cataluña por independizarse estaba recrudecida y Donald Trump estaba en campaña política por la presidencia. También se hablaba de un muro en la frontera con México y en Colombia se debatía las consecuencias de la migración de venezolanos. Todas esas eran pruebas fuertes para mí de que toda esa interconexión que teníamos no incluia la capacidad de relacionarnos mejor. Por eso el título tan sencillo, que habla de una barrera física y mental.

  • ¿Y ahora en el contexto actual cómo sientes su historia?

Siento yo que esta historia, en el contexto en el que fue realizada era necesario contarla, no solo por las razones que te acabo de contar, y definitivamente también ahora con lo que ha sido esta pandemia, por esa necesidad que tenemos hoy en día, y casi que vital, de separarnos, aunque esperemos que las secuelas no sean tan fuertes al final de todo esto.

  • ¿Tu cortometraje Calaguala fue origen de La frontera?

Sí y lo fue en todos los sentidos. Cuando yo viajé a España lo hice para hacer una maestría en dirección de cine y ahí conocí un aliado que tengo para mis proyectos hoy en día, Iván Molina. Estando acá él me llama para avisarme que vendrá al país y que programemos para vernos. De ese encuentro surgió la idea de hacer un corto que planteé teniendo en cuenta todas las limitaciones técnicas, filmándolo en exteriores, con luz natural y abordando un tema que en esa época me movía mucho, el de la adaptación. Cuando llegué de España fue muy difícil eso, situaciones que no eran nuevas, pero al salir del país y regresar ya no las concebía de la misma manera.

  • ¿Qué temas o circunstancias te generaron mayor conflicto?

Como el acceso gratuito a la educación o al agua potable. Dos ejemplos que me parecían absurdos. Son dos necesidades básicas que deberían estar resueltas porque sí. De eso quise hablar en el corto, entonces terminó siendo la historia de una chica que se había ido de su ranchería para buscar un mejor futuro, pero al irse de su ranchería se estaba separando de su cultura. Entonces se trataba del regreso de esta chica a su ranchería, en una visita, y ahí confrontaba todas las razones que la hicieron irse de su tierra.

  • ¿Entonces en la historia de esa chica hay un reflejo tuyo?

Sí, de alguna manera hay una representación mía, porque si bien eran razones que no me hacían querer irme, si me hacían cuestionarme sobre lo que estaba sucediendo a mi alrededor. Ese corto lo terminamos en enero de 2017 y yo quedé tan motivado con el proceso que fue bastante artesanal y muy bonito. Recuerdo incluso que hicimos una escena nocturna con las luces del carro de mi papá. Por eso le pedí a Iván que continuáramos en la lucha para hacer un primer largo teniendo o no financiación y le pusimos fecha de arranque sin tener un guion: Enero de 2018.

¿En qué momento concretas la historia?

En realidad a finales de 2016 se me ocurrió y me había planteado escribirla al año siguiente, luego envío el guion a concursos y no tuvo respuestas para financiación, así que igual decidimos arrancar. Así que como verás, y retomando la pregunta del corto, Calaguala lo tiene que ver todo con La Frontera.

  • Incluso has compartido que retomaste escenas de ese corto.

Sí, pero no quiero mencionarlas con detalle porque no quiero hacer spoilers (risas).

  • La historia de La frontera bien podría ser un drama crudo de crítica social, pero opta por la empatía, algo que ha propósito conecta con esta pandemia y la necesidad que tenemos de repensar nuestro sentido de solidaridad

Para mí es algo que es difícil de entender en qué punto nos hemos polarizado tanto como sociedad. El primer problema para que no haya empatía son esos encasillamientos que se han usado como recurso para explicarte las cosas desde lo extremos; esto es blanco y esto negro, pero no te explican que hay zonas grises, que hay también matices, o que todos podemor ser lo uno y lo otro a la vez. Cuando yo construyo los personajes parto de eso. De cómo las circunstancias de los personajes hacen que hayan puntos de comunión o puntos de choque y que el público que está sentado frente a la pantalla entienda las circunstancias completas, porque últimamente tendemos a reconocer lo que hay en la superficie, pero no el fondo. Si recuerdas, la historia comienza mostrando a Diana siendo entre comillas un personaje malo, pero poco a poco aprovecho la venia que me concede el público de sentarse hora y media a ver esta historia y reconozcan que el contexto de ella no la hace una mala persona, sino que la ha sometido a unas circunstancias que la llevan a una serie de malas decisiones y cómo a pesar de eso, su capacidad de aguante la vuelve casi una heroína.

Eso de la empatía es una de mis grandes preocupaciones. En ese sentido yo creo que tendemos a empeorar como sociedad y creo que las redes sociales tienen mucho que ver.

  • La película tiene una parte hablada en wayuunaiki, hablemos de la preparación de los actores en ese sentido.

Te cuento que de los aspectos de la producción, esa era una de las cosas que yo tenía más en mente. En Calaguala yo escribé los textos en español y una persona que habla el wayuunaiki los tradujo y nos hizo unos audios para que las actrices entendieran la pronunciación. En La frontera, donde todo es mucho mayor, necesité de un coach de actores que estuviera en el set y que se fijara mucho en la pronunciación. Nos apoyamos en una chica wayú. En condiciones normales para sacar una toma buena, uno se fija primero en la actuación y después en la cámara y aquí yo estuve primero pendiente de ella, para asegurar que la fonética funcionara, porque para mí era muy importante la representación de su cultura a través, en este caso, del lenguaje.

  • ¿Les tocó repetir muchas escenas?

En realidad no tanto como pensé que sería. Esa porción de la historia en la que se habla wayuunaiki se grabó al final, lo que de entrada aseguraba que ya como equipo estábamos compenetrados, ya a ese punto se tenían los personajes y se habían resuelto otros aspectos de la producción que lo hubieran hecho más difícil de controlar si les hubiera tocado lidiar con lo del idioma al principio del rodaje. Para mí como director fue un ejercicio interesante porque al final yo tuve que guiarme por la emoción, porque aunque conocía lo que escribí, no entendía el idioma, y siento que al final eso es lo que uno debe hacer como director. Así conozcas el lenguaje, debes dejarte guiar por cómo lo dicen.

  • Hablemos de la Guajira y el resto de locaciones

La frontera en realidad se construyó con base en pequeños milagros. El primero fue la historia que ya te conté con Iván, y de ahí en adelante. La película está ambientada en la frontera colombo-venezolana, pero para una producción tan pequeña eso era bastante exigente, entonces busqué para el corto muchos lugares en la Alta Guajira. En ese estar buscando, para el lugar principal de la historia, quería una casa de bareque y eso me llevó incluso a desmitificar cosas. Primero, porque esas casas de bareque que uno imagina como lo tradicional para estas etnias indígenas ya no existen tanto, ya vez muchas casas de cemento. Sin embargo, estaba apegado a esa idea y seguí buscando hasta que la encontré muy cerca de mi casa, a 20 minutos de Valledupar, en una zona rural entre dos municipios (La Jagua y Guacoche). Los dueños de esa casa, que era en sí una especie de bodega y hacía parte de una finca, terminaron involucrados en el proyecto y además resultaron ser parientes de mi papá, algo que en la Guajira pasa mucho (risas). En Guacoche encontramos los otros escenarios. La parte onírica sí la rodamos con un equipo más pequeño en el Cabo de la vela, nos fuimos por Uribia, bajamos y llegamos a la Mina, el río de grandes piedras que García Márquez describía como “huevos de dinosaurios”. Así fue como logramos retratar un abanico de lugares de la región que para mí era importante que quedaran.

Aunque la región se presta para trabajar a luz natural, no deja de ser un enorme reto saberlo utilizar. Hablemos de la fotografía.

La fotografía es sobresaliente porque fue hecha casi que con las uñas. Yo cuando conocí a Iván, él estaba haciendo la fotografía de un corto con unas lámparas chinas que son conocidas y lo hizo muy bien. A mí me gustó que él no tenía esas pretensiones de lograr los mejores recursos o tener las herramientas más sofisticadas, sino que tenía esa mentalidad de hacerlo bien con lo que tenía. La película se hizo a base de rebotes, con icopores, con flex, también teníamos un pequeño set de luces Led recargables, porque entre otras cosas, la casa no tenía cómo conectarse a la energía, así que para cargar las baterías teníamos que ir en bicicleta a una hacienda que quedaba a dos kilómetros (risas). Con eso Iván sí sufrió bastante, por el afán de no perder tiempos de grabación.

  • Lo onírico es algo importante para la cultura wayú, pero también para tí como autor. Expliquemos eso.

Lo onírico es muy importante en la cultura wayú, porque ellos creen en la mística de los sueños, por eso era necesario incluirlo, además porque me funcionaba como un contrapeso entre esa cruda realidad y ese escape que nos dan los sueños, que al final son la manifestación de nuestros mayores miedos o deseos y es algo que nadie te puede quitar. Diana, en su cotidianidad, carecía de cosas que le eran robadas porque su educación fue robada por un gobierno corrupto, su acceso a cosas vitales también se las quitaron las grandes corporaciones, pero sus sueños no. En lo referente a mí como autor, es cierto que mis otros cortos tienen una alta carga de surrealismo, porque hace parte de mi manera de narrar como autor.

  • Hablemos del casting y de la actriz venezolana Sheila Monterola que me resulta una gran revelación.

En este casting sale mi mamá (es una doctora) y mi papá (un chofer) (risas), aunque yo como director prefiero trabajar con actores con experiencia o formación. En el reparto están los conocidos actores colombianos Alejandro Aguilar y Nelson Camayo. En el caso de ellos, sí fueron las primeras opciones que tenía y confiaron mucho en mí a pesar que no nos conocíamos de antes. En el caso de Daylín Vega, que hace a Diana, fue por casting. Ella no tenía experiencia en el audiovisual, pero es de la Guajira, así que tenía el registro y sentí que tenía la plena capacidad para sacar adelante su personaje. En cuanto a Sheila fue otro pequeño milagro. Ella estaba aquí haciendo una serie (El comandante) y mandó el casting de forma virtual. Ella tenía toda esa vivacidad que necesitaba para ese personaje y ayudarme con él a romper el dramatismo de la historia y darle esos toques de luz.  Con La frontera, yo quise desde un inicio que fueran pocos personajes para centrarme en su búsqueda y que el encuentro fuera ideal y así funcionó definitivamente.

  • Has tenido la suerte de contar con Adriana Lucía para interpretar el bellísimo tema central de la película, ¿cómo se dio esa participación?

El tema con Adriana Lucía fue posible gracias en parte a la buena acogida que tuvo la película en la etapa de posproducción. Fuimos elegidos en unos cinco eventos y eso te da cierta confianza, así que me acerqué a ella para ofrecerle el proyecto. Esa canción surgió de un poema que yo escribí una vez terminado el guion. Yo tiendo a hacer eso, y escribo cosas que tienen que ver con la historia, pero al margen del guion. Ese poema obviamente ella lo llevó a otro nivel mucho más superior.

  • La película aún no concreta su llegada a salas.  ¿Cómo ves ese panorama para este año?

Yo creo que todo el cine colombiano se ha visto muy afectado con esto de la pandemia, no solo mi película. Estas películas pequeñas dependen mucho de esas proyecciones que se hacen en festivales porque son espacios para que otros programadores, distribuidores y exhibidores la vean. Sigo teniendo fe que la película pueda continuar su camino en festivales y que este periodo de readaptación nos ayude a encontrar un espacio este año para llevarla a la salas. No centro mis esperanzas del todo en esto, porque entiendo que habrá una prioridad  de los exhibidores por el tipo de películas que les generen más ingresos, porque ahorita mismo han estado casi que en ceros. Pero lo intentaré. Para no tratar de pensar en eso mucho, la verdad es que me he llenado con la certeza de que la película va a sobrevivir en el tiempo porque, como te decía, cuando la pensé en 2016 era necesaria y pertinente, luego cuando la rodé un año después, sentí que lo seguía siendo y ahora con todo este tema de la pandemia lo mismo, especialmente por todo esto del distanciamiento social.

  • Ya hay otros proyectos en camino, entre ellos una serie y otro largo. ¿Qué puedes contarnos?

Uno es “Vida de colores”, un proyecto miniserie que surgió en el periodo de aislamiento, por una convocatoria que hizo Telecaribe a realizadores de la región para nutrir su parrilla de programación en 2021. En medio de estos tiempos me enteré de la historia de (Alejandra) Monocuco, una chica transgénero que en su cotidianidad debía prostituirse y murió presuntamente de covid-19 y sufría de VIH. Su historia me impactó mucho. Esa fue la semilla. También tengo en camino otra historia para un largo sobre una mujer embarazada y el tema de las redes sociales.


 


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