Reseña Crítica de Carta a una Sombra. La nieta de Héctor Abad Gómez reconstruye su vida y obra


Por Sandra M Rios U
Twitter: @sandritamrios


Un año después del asesinato de Héctor Abad Gómez, se fundó en 1988 un hospital que lleva su nombre, también hay en la Universidad de Antioquia una cátedra de formación ciudadana en su honor, un Comité permanente por la defensa de los Derechos Humanos y una institución educativa que fue declarada el año pasado, paradójicamente, “Territorio por la vida”.

En 2014, después de 27 años, la Fiscalía declaraba su asesinato como de lesa humanidad (a manos de los paramilitares). Todos esas iniciativas públicas que hacen honor a este personaje son muestra casi que inequívoca del reconocimiento humanista atribuido a este médico. El 25 de Agosto de 1987 no era el único asesinato que se hacía en Medellín a defensores de los derechos humanos y educadores. Otros dos colegas se convertían en nuevos mártires (junto a Luis Felipe Vélez Herrera y Leonardo Betancur Taborda) de la oleada criminal en contra líderes antioqueños.

Héctor Abad Gómez fue pionero en salud pública, pero también político que, además de notario, fue diputado, presidente de una organización por la defensa de los DD.HH. y representante a la cámara. Esa convicción política fue la que lo llevó a la muerte prematura. Sus recurrentes denuncias sobre la falta de justicia, de igualdad y de la constante desaparición forzada de personas, fueron incómodas incluso para algunas entidades del Estado, por lo que fue señalado como guerrillero, convirtiéndose así en objetivo del, en ese momento, naciente y temible clan de los hermanos Castaño, Fidel y Carlos.

En 2006, su hijo, el periodista y escritor Héctor Abad Faciolince, publica un texto (El olvido que seremos) en el que se esmera por recordar la figura que fue su padre y así mantenerlo vivo para él y para un país, hablaba en la obra de su intimidad y su vida publica, pero también dejaba percibir el dolor que nunca se sacia por la pérdida. Años después, ese relató se convirtió en un éxito literario primero en España y luego en Colombia.

Por esta obra se interesaron adaptarla al cine en Europa, pero luego quedó en manos del realizador colombiano Miguel Salazar (La Toma, La Batalla del Silencio) y la nieta de Héctor Abad Gómez, Daniela. Ambos construyen un documento fílmico correcto (de gran ejecución, buena edición, tomas limpias, agradable fotografía, buen sonido), ensamblando una historia basada en el libro, en la nutrida cantidad de archivo personal de la familia, el contenido de conocimiento público, testimonios y momentos íntimos de los Abad, usando como hilo conductor la narración en off de su hijo.

Lo notoriamente positivo de Carta a una Sombra es la sutileza con la que se narra esta historia que evidentemente tiene un fuerte componente emotivo. No puede calificarse como un documental de denuncia, ni tampoco como político. Ambas características estan ahí porque forman parte del contexto, pero son elementos que quedan en un segundo plano (al juzgamiento del espectador), para dar paso a lo humano, a los sentimientos. Esa es la principal virtud de este documental accesible para todo tipo de público, que de hecho, conmovió tanto a los espectadores en la edición 2015 del Festival de Cine de Cartagena que recibió el destacado “Premio del Público” (además de un reconocimiento del jurado). En realidad, no hubo un rincón de este evento que dejara de reconocer las cualidades humanas de la película.

La familia Abad abre sus puertas a estos dos realizadores y con ellos se aprecia el dolor incurable de una pérdida (que es tan grande que no da paso al odio) y los recuerdos que los mantienen unidos. Carta a una Sombra nunca pierde el ritmo, porque la tristeza que produce un padre ausente, se va combinando con momentos de reflexión, de jocosidad (hay un escena fantástica y simbólica con una iglesia y un caballo), de amistad y de costumbres. Hay otro fondo; el lugar.  Esa Antioquia de pueblos conservadores, de hermosos paisajes montañosos y extrema tradición.



Por supuesto, Carta a una Sombra enaltece la figura de un padre y abuelo, le hace justicia a un hombre con pensamientos lúcidos, visionario y entusiasta de la tecnología, además de hacer memoria documental sobre el conflicto. Al final queda la inevitable sensación que entre la época que le tocó vivir a Héctor Abad Gómez y ésta, muy poco ha cambiado el país política y socialmente.  Aún así, es un largometraje poderosamente cálido.

Como curiosidad, no quiero dejar de mencionar que este año en Cannes se le otorgó el premio a Mejor Documental de toda la competencia a “Allende Mi Abuelo Allende” de Marcia Tambutti Allende y que sigue una estructura similar al de esta película. Ella regresa a Chile desde México para reconstruir la imagen personal y familiar de su abuelo, el reconocido expresidente socialista Salvador Alllende, repasando momentos y mostrando el dolor de su familia con el que rompen el silencio llevado por décadas.

Desde hoy en cartelera este recomendado largometraje.




 


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