Crítica “Emilia Pérez”: Entre la ambición artística y el tropiezo cultural


Por Sandra M Ríos U
X: @sandritamrios

Crítica “Emilia Pérez”: Entre la ambición artística y el tropiezo cultural | La nueva película de Jacques Audiard mezcla ópera y cine para contar singularmente la historia de un narcotraficante mexicano que busca su transición de género. A pesar de sus ambiciones artísticas, la película genera polémica por su representación superficial de problemas mexicanos y su visión europeizada del narcotráfico latinoamericano.


En Francia dicen que la novela “Écoute” del periodista Boris Razon, con la que partió Jacques Audiard para su historia de Emilia Pérez, es una reflexión que habla sobre identidad y soledad. El autor, amigo personal del director francés, le cedió el permiso para desarrollar un pasaje de la obra literaria: la aparición de un capo de la droga que quiere hacerse la transición. Audiard extendió la vida de este personaje y la convirtió inicialmente en un proyecto de ópera a cuatro actos. Fueron los avatares de la pandemia los que la volvieron una adaptación cinematográfica.

El resultado es una ópera en cine atrevida y singular donde Audiard asume altos riesgos artísticos al experimentar con un largometraje que es como una telenovela clásica llena de melodrama, tragedia y romance, y que pasa también por los thrillers de crimen y persecución. Ese riesgo igual atraviesa su carrera, ahora que ha sido tan duramente cuestionado por tomarse a la ligera temas sensibles en México como el narcotráfico y las desapariciones forzadas, algo que en Colombia conocemos muy bien y padecemos. Aunado a esto, el hecho de haber optado por un reparto mayoritariamente internacional al no encontrar en el propio México, según cuenta, actrices que se ajustaran a sus pretensiones. La película se rodó completamente en un estudio en París.

Emilia Pérez sigue a un temido narcotraficante, Manitas (en manos de Karla Sofía Gascón), quien lleva una vida familiar estable que protege con el recelo de un hombre con muchos enemigos, pero también de uno que se mueve en una cultura y un círculo machista, viril y patriarcal. Es esposo y padre de un hijo pequeño. Pero algo está incompleto en él, así que decide que es hora de asumir su verdadera identidad y para ello se vale, a la fuerza, de una abogada con mucho talento y subvalorada que es utilizada por una firma de abogados para lavarle la cara (llevar procesos) a sus clientes cuando se han metido en problemas. A ella le encarga ubicar al médico y el sitio más idóneos para operarse.

La transición de Manitas significa desaparecer por completo, dejar su vida atrás; la que lo vincula con un horroroso pasado criminal y la que ama y donde es amado, su familia. Así se convierte en Emilia Pérez, una mujer que en adelante busca renovarse y la redención, pero casi cinco años después de ese proceso su llamado paternal la lleva a asumir el riesgo de retornar a su país. Del espectador queda el descubrir si en realidad las cuentas con el pasado han sido saldadas y perdonadas.

Ese tránsito lleva al personaje a un viaje tanto físico (Bangkok, Tel Aviv, Londres, Ciudad de México) como emocional que refleja la naturaleza dual y disímil del ser humano, capaz de contener en sí mismo todo lo bueno y lo malo (basta con recordar acá la figura de Pablo Escobar). Todo esto narrado de forma lineal, pero operística, lo que implica un esfuerzo adicional para conectarse y dejarse llevar por esta propuesta desafiante, no solo porque el estilo del canto y la música no son los convencionales en los musicales para cine, sino porque aparecen en momentos inesperados y disocian (intencionalmente) con las secuencias.

Si bien el resultado en ese sentido no es parejo, estimulante sí es y de algún modo Jacques Audiard las resuelve para mantener la historia a flote. Buena parte de lo que cuesta en Emilia Pérez parte de las barreras del idioma. La película se narra principalmente en español, su reparto habla en inglés, pero Audiard no domina ambos idiomas, y franceses también son los compositores de la banda sonora, Clément Ducol y Camille. Por otra parte, el español de Zoe Saldana (regular) y Selena Gómez (malo), y el mexicano no mexicano de Édgar Ramírez, hacen que la historia por momentos raye en lo caricaturesco y cueste hacerla convincente. Una torpeza de Audiard que, como el escritor de la novela, pudo ambientarla en un lugar no específico y realizarla en su propio idioma. Se expuso y complicó más de lo debido en este proyecto. Aun así, hay que reconocer que la película no deja de ser disfrutable. Zoe Saldana hace un papel verdaderamente comprometido y Karla Sofía Gascón, una actriz trans verdadera, anclan la historia y no permiten que su pretendida autenticidad, energía explosiva y caótica decaigan por completo.

Y si ya todo lo anterior representa ceder demasiado como espectador, hay otro giro por lo poco sorprendente que pone todo patas arriba y supone el camino hacia la redención y el perdón de su protagonista, que sin duda cuesta creer en toda su dimensión. La conflictiva secuencia es la que más ha enfadado a los mexicanos por su retrato fantasioso y engañoso de las desapariciones forzadas, enmarcadas de paso por el melancólico número musical “Para”.

Que los autores de las desapariciones entren a colaborar con las víctimas afectadas como Emilia Pérez lo muestra, es algo que puede afectar la comprensión de una problemática real en la que, allá o acá, ocurre todo lo contrario. La representación que se hace en estas historias ficcionadas contribuye (pues son más vistas que los documentales) a crear ideas distorsionadas de temas que son complejos y perpetúan esos personajes arquetípicos del cine, que no necesariamente coinciden con la realidad.

Lo que sí le creo a Jacques Audiard es que no era su pretensión ofender a los mexicanos, ni convertirla en una denuncia política, a pesar de hablar de corrupción y los demás tópicos. Lo cierto es que Emilia Pérez expone estas problemáticas para de fondo hablar del proceso de transformación/transición de un personaje, de la identidad, la sororidad y el perdón, con un tono que busca un mensaje de empatía y esperanza, y que está acentuado por el sonido, la música y la fotografía, más que otra cosa.

No deja entonces de ser interesante cuánto cuesta el perdón del que habla la película, ese que muchas veces pide ejercerse sobre afrentas y crímenes prácticamente imperdonables. El largometraje ha sido juzgado con tal nivel de crudeza que no han servido de nada las disculpas del director, las explicaciones de Karla Sofía Gascón y sus denuncias de amenazas de muerte, o las lágrimas de una frustrada Adriana Paz, la única actriz mexicana de la producción y quien también sufrió en carne propia la violencia de su país cuando apenas tenía 18 años. El caso es que el tono de Emilia Pérez no es tan formalista para darle la relevancia política con la que ha sido leída. Es pedirle mucho a una película donde él propio director ha expresado que no desarrolló mucho la psicología de sus personajes y que, en efecto, eran bastante estereotipados. Emilia Pérez ha quedado entre la ambición artística de su director y los tropiezos culturales, por descuido o intención. 

Lo anterior, finalmente me lleva a la discusión sobre quién puede contar qué o cómo en el cine y definitivamente hay que defender la idea de que las historias no pueden tener exclusiones de algún tipo. Que las barreras solo se limitan a pedir un mínimo de responsabilidad en su tratamiento y no pasan por cuestiones de idioma o nacionalidad. Nos guste o no, haya salido bien o mal, la visión de Audiard no es cosa distinta a una mirada exótica y europeizada de los problemas de la región, disfrazada –como las óperas mismas– de autenticidad latinoamericana.

Las películas tienen un factor que se sale de su control y es el de las épocas y los tiempos en que son estrenadas. Es posible que temáticamente no estemos preparados aún como audiencia para ver desde distintos ángulos, perspectivas y distancias (incluso incómodas, artificiales o cómicas), estos abordajes. Tampoco que se esté exhibiendo en unos tiempos de redes sociales, moralina, inquisición y exaltación de lo políticamente correcto donde, además, todo es sobrecuestionado.

Sigo pensando que no hay forma de que este cineasta de películas como “Un profeta”, “Dheepan”, “Rust and Bones” y “The Sisters Brothers” de repente haga algo para descartar por completo. Sigo creyendo que Emilia Pérez es una película que alcanza a ser disfrutable en varios momentos, pero con premios de festivales y organizaciones no tan merecidos, y dimensiones exageradas por parte del público.

Ficha Técnica

  • Dirección: Jacques Audiard
  • Guion: Jacques Audiard
  • Duración: 132 minutos
  • Género: Musical, drama, comedia, crimen
  • Producida por: Jacques Audiard, Pascal Caucheteux, Valérie Schermann, Anthony Vaccarello
  • Reparto: Zoe Saldana, Karla Sofía Gascón, Adriana Paz, Selana Gómez, Mark Ivanir, Édgar RamírezCinematografía: Paul Guilhaume
  • Montaje: Juliette Welfling
  • Música: Clément Ducol,Camille
  • País: FranciaAño: 2024

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