El cine, Marisa Paredes y yo, un cinéfilo cualquiera




Por Daniel Ruiz (Síguelo en: https://x.com/tatoruiz)

Nadie correrá jamás como lo hizo Marisa Paredes en ese corredor del apartamentazo que tenía su personaje de Leo en “La flor de mi secreto” (1995). Alguien hizo un tweet con ese recuerdo, a propósito del fallecimiento de la actriz el pasado martes 17 de diciembre.

Esa remembranza de alguien a quien no conozco, hizo clic con un recuerdo íntimo. La onceava película de Pedro Almodóvar es mi completa debilidad. Una de las obras que más me ha conmovido; se me quedó tatuada desde aquella época en que me entregué al cine, como quien elige una religión y ahí se ha quedado. La escena la habré visto un par de docena de veces (sin exagerar. La película poco menos), y yo, como Leo, también corrí emocionado en el corredor del apartamento en el que alguna vez viví como un soltero, mantenido por mis padres.


De la visita ni me acuerdo. O mejor, prefiero no acordarme. De ‘emular’ el momento, sí. Tengo viva en la consciencia la emoción por la visita, verme corriendo hacia la puerta y rememorando la escena que siempre me causó gracia y fascinación. “La flor de mi secreto”, un auténtico melodrama que habla de transformarse volviendo al origen, ha estado presente desde el momento en que Almodóvar me conquistó y que, casualmente, se conecta con mis comienzos en la cinefilia.

Hablar de Marisa Paredes es también hablar del manchego, aunque la actriz haya hecho varias docenas de películas más con otros directores (Guillermo del Toro, Jaime Rosales, Agustí Villaronga, Arturo Ripstein, Roberto Benigni…). Con él hizo apenas cinco, pero le bastaron para convertirse en ícono. Ser una de esas divas que sigue despertando emoción en varios señores maricones como yo y mis amigos, con quienes el recuerdo de la amistad tienen intrincadas las miradas penetrantes de la actriz, los Lip Sync con canciones de Luz Casal o aquel “el tiempo que hace que no me como una polla”. El fallecimiento de Marisa es entonces una pérdida sentida, haciendo que su figura y ese legado cultural tengan, por derecho propio, un evolucionado despliegue a una admiración con tintes hagiográficos.

A Marisa Paredes la descubrí de manera consciente como Huma Rojo en “Todo sobre mi madre” (1999). Aunque ya había visto “La vida es bella”, fue ese personaje de insufrible actriz de teatro, lesbiana y fumadora empedernida (por eso el nombre), el que me removió la cabeza, sin embargo, fue su interpretación como escritora deschavetada, depresiva, alcohólica y fantásticamente millonaria, la que me tocó profundamente.

Tenía poco menos de 20 años cuando el personaje de Leo, que ante el desamor se sentía como vaca sin cencerro según la madre, se posara como una suerte de obsesión. “La flor de mi secreto” narra la vida de Leo Macías, una escritora de novela rosa, que escribe bajo el seudónimo de Amanda Gris. Sus problemas de pareja hacen que incumpla con su contrato de entregar tres novelas al año y la escritora se defiende argumentando que sus novelas ya no salen rosa sino negras.

El ansiado reencuentro con su marido es crítico y se convertirá en el viaje más oscuro, que terminará acercándola a la muerte. Y aunque gracias a su madre se salva, la millonaria escritora atravesará una profunda depresión que la revela como una mujer dependiente de los demás, en medio de una España que está viviendo su propia crisis social.

La película está disponible vía Netflix (en Latinoamérica) y supone el primer acercamiento a la fase más crítica del Almodóvar triste y algo reflexivo, que años después cogería vuelo y hoy parece que nadie lo baja de ese tono. Es también la puerta de entrada al Almodóvar más acomodado, la fase inicial de esa clase burguesa de la que hace parte. Y aunque es un melodrama pasional, deliciosamente ridículo, lacrimógeno y ligeramente inverosímil, tiene consigo, también, el Almodóvar con consciencia social.

Entre el lloriqueo de Leo y sus intenciones suicidas, Almodóvar plasma una crítica social a la clase política y social. Contrastando con la buena posición económica de su protagonista y el dolor emocional que es capaz de transmitir sin apenas esfuerzo, el director logra representar sin problema la clase media baja y tomarle el pulso a la calle de aquella época, que incluía manifestaciones públicas, un comprometido trabajo social desde el mundo de la salud pública y un malestar que se extendía a la gente económicamente acomodada y que los hacía decir cosas como “la realidad debería estar prohibida”, algo con lo que el personaje que encarnaba Paredes, quizás y podría estar de acuerdo, no desde un punto social, sino desde su deseo, porque no estuviera viviendo la crisis de su matrimonio. Y eso, extrañamente, era lo que en aquella época me hacía sentido y me hacía vibrar. Yo era una dramática de manual. La onceava película de Almodóvar era una crítica a la sociedad y venía empaquetada en un culebrón que no tuvo mejor rostro protagónico. Hoy, 29 años después, la realidad del mundo finito y mortal, nos ha quitado a un ícono cultural (y hasta me atrevería a decir que ícono queer). Y prefiero estar del lado de Alicia, diciendo que la realidad debería estar prohibida, aunque al mismo tiempo, el lado más optimista y conciliador insista con la idea de celebrar que Marisa Paredes es una figura inmortal, con el dolor que significa.

Hace pocos meses, rememoraba frente a mi marido la anécdota de las botas que Leo no lograba quitarse. En ese momento, yo no lograba quitarme mis botines. En mi atropellada y ojalá no tan lejana carrera cinematográfica, ensayando con cortometrajes, le he dicho a mi equipo y a mis actores que “quiero un plano Marisa Paredes” y la escena de Leo y Paco besándose reflejados en unos espejos fragmentados, ya es parte de mis referencias a un proyecto en el que trabajo. Eso por mencionar un poco. “La flor de mi secreto” es una suerte de lugar seguro, siento por ella profunda admiración, que viene a sintetizar una serie de temas que me interesan como narrador. Todo para decir que la influencia de Marisa Paredes está presente en mí y un día como el de su muerte, es un día gris que me conecta con lo que más he disfrutado en la vida: ver y sentir el cine.

Marisa también iluminó mis tardes de universitario, cuando me dejó atolondrado con Sor Estiércol, una monja que se autolesiona y se dopa con LSD en un convento con hermanas con nombres igual de estrambóticos en “Entre tinieblas” (1983), una película que habla de la corrupción moral y que ni siquiera en un lugar como el que habitan, era posible escapar a ello, y aunque no llega a compararse a lo que produjo en mí Leo Macías, su papel como Becky del Páramo en “Tacones Lejanos” (1991), fue también una suerte de bienvenida a mi fascinación por el artificio que trae la transformación de identidad, un tema que atraviesa (en menor medida) el melodrama también protagonizado por Victoria Abril, otra actriz que también me marcó y cuya influencia me hizo acreedor de amigos que hoy recuerdo con ligera melancolía.

Almodóvar y esas primeras chicas que en un festival internacional unificaron como ‘Chicas Almodóvar’, han definido mi vida y todas son extensiones de mi formación cinéfila y emocional. Es decir, ante las futuras pérdidas, estaré constantemente conectando con el universitario aquel que casi por accidente y ligera obligación descubrió el cine.

Hace tiempo no sabía de nuevos proyectos de la actriz, pero, dado el fallecimiento de Agustí Villaronga, en enero del 2023, descubrí el trabajo del director, apodado de manera informal como el Pasolini español. Me inicié con “Tras el cristal” (1987), una película apabullante en la que Marisa Paredes interpreta a la mujer de un aleman torturador y pederasta que queda tetrapléjico y se mantiene vivo tras una extraña coraza. Un día, la mujer decide contratar a un extraño jovencito, Angelo, que insiste en cuidar al hombre. La bienvenida a ese chico se convierte en el inicio de una época en la que el personaje de Marisa convive con la fragilidad y el instinto de supervivencia. Un trabajo fascinante como recuperable, sobre todo ahora, que estaremos obsesionados con pensar en ella, con este hondo penar.

Con un ‘Adiós, Marisa’ aquí en mi intimidad, no me queda otra que traerla al presente hurgando en esa filmografía suya tan variada y seguramente desconocida. Hay vida más allá de Pedro Almodóvar, pero cómo es de enorme ese trabajo que hicieron juntos. Y claro, también tiene todo el sentido seguir trayéndola a través de ese comprometido trabajo social y político. Al enterarme de su muerte, y entre los recuerdos cinematográficos, también me llegó el “¿Isabel Díaz Ayuso? Por Dios, ¿Pero qué hace aquí? Fuera”. Una frase que lanzó en medio del funeral de Concha Velasco, una reconocida actriz española. Y eso también hacen las grandes divas, se oponen a los fachos, y los condenan. ¡Qué grande!

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