Entre la razón y la locura: el lenguaje y el perdón – Crítica




Por Juan Carlos Lemus Polanía (Twitter: @jclemus)

Entre la locura y la razón es una película basada en el exitoso libro The Surgeon of Crowthorne: A Tale of Murder, Madness and the Love of Words (1998), cuyos derechos de adaptación vendió Simon Winchester a Mel Gibson. De la gaveta a ciertos problemas legales fueron dos décadas para por fin poder ver esta adaptación.

Si el loco persiste en su locura, se volverá sabio.
—William Blake.

Se dice que lo que separa al hombre de los otros animales es el arte por el cuál narra su paso por la tierra, para ello se hace necesario un intrincado proceso llamado lenguaje donde se le pone nombre a las cosas que nos rodean y a las acciones que emprendemos. Pero, ¿no lo son la locura y otros bajos instintos, como la envidia, otros de los diferenciadores? Bajo la debutante dirección del iraní Farhad Safinia, coescritor de Apocalypto (2006), que trae a la pantalla la historia de cómo James Murray (Mel Gibson) se hizo a la hercúlea tarea de editar el primer diccionario de Oxford de la lengua inglesa; además, de cuán importante y cómo fue la ayuda recibida en ese encargo por parte del Dr. William Chester Minor (Sean Penn).

Los personajes principales son definidos en los primeros diez minutos de la película. Es el año 1872 y entre Mill Hill y Oxford, Inglaterra, se ubica a James Murray, un autodidacta fanático de las palabras casado con Ada (Jennifer Ehle) —la gran mujer detrás del exitoso hombre— y con media docena de hijos a la moda de la época. Paralelo a ello, pero entre Londres y Broadmoor también se presenta la no tan feliz vida de un cirujano y capitán del ejército de los EUA, el Dr. William Chester Minor, un convicto condenado a reclusión en un sanatorio mental por asesinato. La fotografía lleva la narración audiovisual, para Murray espacios luminosos y planos medios; en tanto Minor espacios oscuros y planos más cerrados que detallan el encierro.

Se tiene por un lado la magnitud de la tarea acometida con los procesos por los que se accede a ella y los intríngulis menos elevados —vanidades, envidias— que deberán ser superados para poder concluirla. Y por otro, la vida privada de estos dos hombres que se encuentran en la devoción y el cultivo del lenguaje y el cuidado de las palabras. Para Murray esta tarea consumió hasta el final de su vida, y Minor aportó unas diez mil palabras, con sus citas y ejemplos de usos, para el OED. Para mi pesar el guion camina con brocha gruesa entre dos tipos de dramas y el arco dramático se tensa débil en lo personal y en los problemas de la tarea académica. Por ejemplo, volviendo a los primeros minutos y en un truco de edición —entre los pocos que le salen bien—, los niños le preguntan a Murray por palabras que estarán allí hasta que alguno menciona “Padre”; dejando en claro que su tarea le apartará de ellos y que será Ada la que soporte la carga del cuidado de la familia. Minor en su locura busca relacionarse con Eliza Mermett (Natalie Dormer), la mujer que ha dejado viuda, para lavar sus faltas.

Estos asuntos personales se ven tratados con mucho melodrama y poquísima profundidad en tanto no se mezclan muy bien con el otro aspecto por el cual debería dar razón la historia, que es el cómo se logró editar el diccionario, lo glorioso de la labor académica —tan defenestrada en los días que tocan— y la asombrosa amistad intelectual de este par de hombres. ¿No era suficiente el tema para dejarlo allí? No, dice Entre la razón y la locura. El director iraní busca hacer una jugada a cuatro bandas por el lado de los conflictos personales y se la juega en la búsqueda de la redención y el perdón de y para sus personajes, mientras va mostrando los altos y bajos que se llevan los integrantes del Scriptorium, nombre que se le dio a lugar de trabajo. No sabemos si los conflictos legales que terminaron llevando a otro guionista y director para finalizar la película hicieron que se notara todo como en colcha de retazos. O es solo la ambición artística de Safinia que se queda a la mitad y termina pecando al no cumplir con el pacto narrativo creado dejando todas las premisas iniciales a medio definir en un desarrollo tipo telefilme de domingo por la tarde. Un problema que tristemente se hace común en esos trabajos promocionados con la desautorizada leyenda: “basada/inspirada en hechos reales”.

Sin embargo no todo es malo. Aunque culpo al director de salga un poco exagerado, siempre es un placer ver el manejo corporal de Penn, uno de los mejores de su generación, desarrollando un papel de loco. Como también Gibson, que demuestra una vez más su versatilidad en el desarrollo de un personaje inédito en él. Vale agregar también que llega en un buen momento a Colombia, cuando la relación que se da entre el asesino Minor y la viuda Merrett, que fue verdadera en la vida real, muestran, aunque excesivo como expuse, el poder de sanación del perdón.

El lenguaje, todo un arte esa bella herramienta por medio de la cual la humanidad viene intentando explicar el mundo. Ha pasado de la oralidad a la escritura y desde hace muy poco tiempo a lo audiovisual en el cine. Dicho esto, qué bueno ver producciones que nos hablen de los intentos humanos por entenderlo; pero, ¿no falla en esta tarea Entre la razón y la locura al caer evidentes confesionalidades? Yo me quedo mejor con Wittgenstein: “La filosofía es una lucha contra el embrujamiento de nuestra inteligencia mediante el uso del lenguaje”.

Ficha Técnica

  • Dirección: Farhad Safinia
  • Guion: John Boorman, Todd Komarnicki, Farhad Safinia
  • Duración: 124 min.
  • Género: drama, biografía
  • Producción: Mel Gibson, Nicolas Chartier, Bruce Davey, Gastón Pavlovich
  • Reparto: Sean Penn, Mel Gibson, Natalie Dormer, Jennifer Ehle
  • Fotografía: Kasper Tuxen
  • Montaje: Dino Jonsater
  • Música: Bear McCreary
  • País: Estados Unidos, Irlanda
  • Año: 2019




 


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