Especial Cine LGBT – Péplums, romanos. Ostras y caracoles






(O como pululaba el homoerotismo en Ben-Hur y Spartacus)

Un texto de Daniel Ruiz Sierra (@TatoRuiz)

Supongo que es bastante legítimo decir que este año ha sido mucho más que peculiar. Entre la pandemia y el desasosiego, la mezquindad de los políticos, los medios arrodillados y la mala leche en redes sociales, ya nada sorprende. Tampoco la desagradable y ruin corrección política que por estos días tiene ya un alto protagonismo. Y entre los cambios sociales y el triunfo sobre algunas ideologías que van contra toda dignidad humana, asoma sin vergüenza las ganas de compilar diplomas de superioridad moral y un postureo de lo más desagradable.

A falta de posiciones honestas y liberadoras, entre la artificialidad, la mediocridad y los intentos por figurar, me dispongo a escarbar entre el pasado y encontrar lo que, si no es auténticamente honesto, por lo menos tramposamente ingenioso e incitador. Me refiero a una joya documental desaprovechada – por no decir olvidada, y evidenciar mi posible despiste – de nombre The Celluloid Closet, de los directores norteamericanos Rob Epstein y Jeffrey Friedman, adaptación del libro homónimo del activista Vito Russo. Y ahora, teniendo como excusa el mes del orgullo LGBT, y haber caído en la cuenta que este año se cumplen 30 desde que la OMS dejó de considerar la homosexualidad como enfermedad, no sobra un viaje al recuerdo.

Entre todo lo que revela y sobre lo que analiza Russo, el documental hace sus méritos apoyándose en celebérrimas figuras de Hollywood (están Whoopi Goldberg, Tony Curtis, Shirley MacLaine, Tom Hanks, entre otros) y entre grandes títulos aparecen dos pilares del cine de época: paradigmas de la maestría, cenit de masculinidad y, todo hay que decirlo, del machismo más recalcitrante (no por eso censurable). Hablo de Ben-Hur de William Wyler y de Spartacus, de Stanley Kubrick. El libro se publicó en 1981, pero el documental no se lanzó sino hasta 1995, y entre sus invitados también estaba Gore Vidal, uno de los guionistas en Ben- Hur. Sus declaraciones fueron tal que causaron que el mítico Charlton Heston, comenzara una batalla de desacreditación.

Como saben, en Ben-Hur se narra el reencuentro de dos viejos amigos, Mesala (Stephen Boyd) general romano, y Judá Ben-Hur (Charlton Heston), un príncipe judío, y que tal reencuentro no termina en absolutamente nada muy agradable: peleas, puños y egos heridos… A William Wyler dirigir Ben-Hur no le apetecía ni poquito, y el guion no le parecía gran cosa. Lo único que lo convencía era su rivalidad con Cecil B. DeMille, que ya estaba catapultado por “Los diez mandamientos”. Wyler quería igualar o mejorar el trabajo de su rival y con Ben-Hur había posibilidades. Aun así, decidió que el guion tenía que mejorar y por ese puesto pasaron hasta cuatro escritores. Finalmente el crédito se fue solo para uno, Karl Tunenberg. El guion estuvo tremendamente manoseado. Se hicieron cantidad de versiones y a Wyler no le convencía que un par de amigos de toda la vida se pelearan a muerte porque sí. Habría de tener algo realmente contundente, una buena justificación, y ahí es donde entra Gore Vidal, escritor abiertamente homosexual, quien dice: “¡Pues fácil! “¡Que sean maricones y tuvieran amorío!”. Y supongo que don Vidal tendría gran experiencia para decir algo así. (Te puede interesar: Especial Cine LGBTI – Lo sincero es el deseo).

Con precaución, Wyler aceptó la propuesta, pero había que irse en punta de pies. Era una historia con un mesías en medio y estaban en plena época de código Hays. Además, no podían darse el lujo de tumbar al protagonista. Les había costado conseguirlo. Burt Lancaster dijo aburrirse hasta morir con el guion y a Paul Newman lo de mostrar las piernas, pues no le convencía. Por ende, Wyler, intentando defender a toda costa la idea de Vidal, afirmó que se encargaba del conservador Heston. “Eso sí, ¡Ni una sola palabra!”, habría dicho. Y se cumplió. Todos lo sabían, menos Heston. Se dice que a Stephen Boyd la broma le hacía mucha gracia. Y al resto del equipo también.

La declaración de intenciones es igual y es visible. ¡Dejémonos de vainas! Ben Hur va en busca del romano Messala, quien se alegra al escuchar de aquel hombre. Se miran a los ojos con genuina alegría. Se toquetean, se vuelven a mirar, que el brazo, que el abrazo. Que si la lanza es larga, que si la arrojan lejos, que si dan en el blanco. “Después de todos estos años, seguimos congeniando”, le dice Messala. “En todos los sentidos”, le responde Ben-Hur. De nuevo el abrazo y el final con brindis y brazo cruzado. Aun así, al escuchar las declaraciones de Gore Vidal, Heston ardió en cólera e inició una batalla de desacreditación, le parecía ridículo, llamó al productor del documental y le dijo: “¡Cómo podría ser Ben Hur homosexual!”. A falta de redes sociales, pues las revistas. Y tal y como los políticos de ahora, que se mandan mensajes y se insultan vía Twitter, Heston y Vidal se enfrentaron por medio de cartas publicadas en revistas como Time, Los Angeles Times y Advocate. Vidal se refería a Heston como “El señor portavoz de la Asociación Nacional del Rifle” (fue presidente de esa asociación) y Heston a su vez decía que Vidal “solo había trabajado tres días en la película y que sus propuestas fueron descartadas”. La desacreditación no duró tanto. En la propia biografía de Heston, publicada en 1978, The Actor’s Life, el mismo actor afirmaba que había ensayado junto a Messala una escena reescrita por Vidal. “Escena crucial y mucho mejor que la que estaba originalmente en el guion”. 

Por los lados de Spartacus, el escándalo se ampliaba a más lados, y tuvo mejor final para la mayoría de sus implicados. El homoerotismo no era el único que iba encubierto. Y digo encubierto por decir cualquier cosa. Su guionista no era más de Dalton Trumbo, conocido por ser parte de la lista negra y una de las víctimas del Hollywood macartista y paranoico. Y nadie en esa época trabajaba con quienes estuvieran en aquella lista. Por esa razón, que Kirk Douglas (productor de la película) le extendiera la mano como ayuda era toda una muestra de valentía. Trumbo escribió y recibió sus honorarios bajo el seudónimo de Sam Jackson. Pero antes del estreno, Douglas se dio la pela y el 19 de octubre de 1960, el nombre completo – Dalton Trumbo – aparecería en los créditos oficiales de la película, luego de toda una década entre estar relegado y en el exilio. Y hasta aquí las consecuencias de aquella persecución. Claro, ya había sido muy tarde para otros guionistas, pero no muy tarde para que Kirk Douglas se pusiera medallas de salvador.

Pero retomemos a lo que nos concierne. En medio de esclavas y gladiadores que se rebelan, aparece la figura imponente de Craso (Laurence Olivier), quien en una secuencia “encubierta”, le reciben en su imponente villa con una fila de hombres jóvenes. Todos potenciales esclavos. Entre todos, Craso (como no) escoge a Antonino (Tony Curtis). En la versión original, hay una secuencia en la que Craso le habla a Antonino de las intenciones del tal Spartacus y, de repente, al voltear la mirada y buscarlo, se da cuenta que Antonino ha escapado. ¡Sin más! Luego lo vemos – Craso lo descubre más adelante – entre las filas de seguidores de Spartacus y sus propósitos por buscar la libertad. Pero a ese cuento le faltaba un pedazo y se perdió en el rodaje original.

La escena estaba escrita tal cual. Craso, en su bañera, llama a Antonino y este atiende. Craso le pide a su esclavo que le restriegue la espalda y este lo hace. En medio, una conversación sobre la ética y la moral que termina en una pregunta tan específica como de doble sentido. ¿Comes ostras? ¿Comes caracoles?, y ante la negativa de Antonino, finaliza con un indiscutible: “Mi gusto incluye tanto los caracoles como las ostras”. Los censores pegaron gritos. “¡Cómo es posible!” habrían dicho, y afirmaron que solo podían permitir la escena si cambiaban ostras y caracoles por alcachofas y trufas. Douglas naturalmente se negó. Quizás sea esa charla la que convence al mismo Antonino de abandonar a su amo e ir tras Spartacus y sus mejores intenciones.

La escena nunca llegó a la sala de montaje, pero en 1991, encontraron el metraje en los almacenes de la Universal Pictures y se decidió agregar para una nueva versión que le sumaba 13 minutos a la película (ahora dura 197 minutos). El problema era que la famosa escena carecía de sonido. Recurrieron de nuevo a Tony Curtis para doblar a su personaje, pero Laurence Olivier había fallecido hacía poco. La solución se las dio su viuda, la también actriz Joan Plowright, quien propuso a Anthony Hopkins, y así lo hicieron.

Ben-Hur y Spartacus son un par de enormes muestras del péplum, género vilipendiado y venido a menos, y que en la actualidad cuenta con una pobre imitación que dista de aquellos años dorados – sus refritos y adaptaciones son de una insuficiencia colosal. También un género que la comunidad homosexual se ha atribuido. No es de extrañar. En aquella época, era el pretexto para ver semidesnudos a grandes símbolos de la virilidad en una suerte de orgía de cuerpos marcados, músculos, y sudor.

Son también un par de películas que hablan de una industria boyante y con un contexto sociopolítico importante. Sobre todo Spartacus, que entre la revolución de aquellos esclavos, hace una apología al conservadurismo y la persecución de aquella época. Una película en clave que pone en evidencia los sueños de una redención social. Douglas y Trumbo parecían vociferar ¿No les gusta el caldo? ¡Pues hay más tazas! ¡Homosexualidad y comunismo! ¿Qué más quieren? ¡Puritanos!


 


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