Mar 31 2025 14:46
Federico Durán revive el rodaje de El Páramo: Memorias a 15 años del clásico del terror colombiano
Federico Durán revive el rodaje de El Páramo: Memorias a 15 años del clásico del terror colombiano. | El productor revela cómo la locación militar transformó el guion, los retos para lograr los permisos y su innovador método con los actores. El clásico del terror colombiano ha vuelto a las salas de cines, en la celebración del Mes del Cine Colombiano que se dará durante todo abril.”
En CineVista invitamos a Federico Durán a recordar lo que fue realizar la primera película de ficción de Jaime Osorio Márquez (1975-2021), un amante del terror que nos dejó como legado un referente del cine nacional, una película atmosférica y de horror psicológico sobre unos soldados que se enfrentan a un enemigo sobrenatural y a sus propios demonios, usando un páramo como personaje para dar paso a una reflexión sobre la violencia.
En esta primera publicación, de esta entrega a dos partes, Federico habla de tres pilares de esta obra: El título y el desarrollo del concepto de la historia; la locación y filmación; y la preparación con los actores.

El título y la “oscuridad blanca”
El título de El Páramo siempre estuvo desde el comienzo, desde antes de que tuviéramos la primera versión del guion, porque lo que teníamos era la idea de estos lugares desolados, enrarecidos, grises y llenos de neblina.
A partir de ahí se desarrolló un concepto muy chévere de Jaime y que él llamaba “la oscuridad blanca”. En las películas de terror, es la oscuridad lo que impide ver al enemigo. En cambio, en El Páramo, esa oscuridad era lo blanco: la niebla, el deslumbramiento de los ojos por la luz que se refleja en todos lados, lo cual te enceguece un poco. Todo eso siempre estuvo asociado con el páramo. Ese título estuvo ahí desde el comienzo y nunca se modificó.

El hallazgo de la locación: la base como protagonista
Para hablar del rodaje, creo que es justo hablar de algo muy importante: la locación, esa base militar donde filmamos alrededor de dos terceras partes de la película. Esa locación se volvió un personaje más y nos transformó el guion. Hay un punto en el que el guion deja de ser una historia y empieza a volverse imágenes, puntos de vista y decisiones sobre cómo trabajar con los actores.
Nosotros teníamos una historia que nos encantaba, pero no sabíamos cómo la íbamos a llevar a cabo, porque no encontrábamos esa locación. Como un año y medio antes de filmar, empezamos a cambiar el guion a partir de lo que conocimos de la base, adaptándolo cada vez más y pensando en cómo se harían los planos y las secuencias. Eso fue fundamental, aunque durante la preproducción surgieron dudas sobre filmar en un lugar tan complicado.

Jaime empezó buscando locaciones con varios asistentes por la cordillera oriental. Obviamente, lo primero era algo cerca de Bogotá por facilidades logísticas, así que recorrieron todos los páramos cercanos y no encontraban el sitio ideal. No sé si hoy, sabiendo lo que buscábamos, lo hubiéramos encontrado. Yo lamentablemente no estuve en esa búsqueda inicial, y digo lamentablemente porque hay una gran diferencia entre buscar una locación que hay que intervenir (donde uno busca algo básico, porque sabe que va a construir) y buscar una que ya esté prácticamente listo. Luego nos fuimos al Parque de los Nevados y estuvimos en varios lugares cerca del Nevado del Ruíz. Yo le decía a Jaime: “Mira, yo veo aquí la película, pero no veo el rodaje. Esto puede ser un reto demasiado loco y quizá no lo logremos”.
Un día, saliendo del parque, ya llevábamos un par de días ahí. Íbamos en el carro y vimos a un soldadito (digo soldadito porque era muy joven, como de 18 años) caminando. Lo vimos subiendo una carretera, paramos y le preguntamos para dónde iba. Nos dijo que para la base, así que le ofrecimos llevarlo. Cuando se subió, lo empezamos a interrogar: “¿Qué base? ¿Qué hay ahí?”. Nos contó que era una base militar con unas antenas, lo cual nos sonó interesante. Recuerdo que el soldado llevaba una bolsita, algo muy triste. Al preguntarle qué tenía, nos dijo: “Un hueso”. Uno solo, que cabía en el puño de una mano, para la sopa de todo su pelotón, que eran como 40. Nos impactó.
Cuando llegamos, el soldado nos mostró unas escaleras (las mismas que aparecen tal cual en la película) y le preguntamos si podíamos subir. Nos dijo que solo hasta cierto punto, y que después necesitaríamos autorización. Nos bajamos con Jaime y al ver el lugar, dijimos: “Esto está increíble”. Llegamos hasta una guardia, donde el soldado nos presentó, pero no nos dejaron pasar más allá. Averiguamos que la base pertenecía al batallón de Manizales, y a partir de ahí empezamos a tramitar los permisos.
A los 15 días, pudimos entrar a ver la base completa y quedamos maravillados. Desde ese momento, iniciamos un trámite muy largo con el Ejército Nacional y, por otro lado, con el batallón local, que siempre nos apoyó. Aunque los permisos se fueron enredando y alargando, cada vez que queríamos ir, el batallón nos decía que sí. La base estaba olvidada, así que nosotros mismos les construimos baños, una cocina y dormitorios, y se los dejamos.

El día antes de empezar a filmar, el coronel del batallón nos dijo: “Me llegó una comunicación del Ejército Nacional y no los puedo dejar entrar”. Fue un shock. Por suerte, yo ya había hablado con la entonces ministra de cultura, Paula Marcela Moreno, y le había explicado la situación: que no estábamos dañando la base, ni poniendo en riesgo la seguridad nacional. El Ejército había dicho que la película no mostraba sus valores, pero la ministra intervino con una carta espectacular, recordándoles que no podían exigir que fuera propaganda y que, al contrario, era un proyecto cultural que daría buena imagen al país. Gracias a eso, al día siguiente nos dieron luz verde.
Le ocultamos el guion a los actores
La vulnerabilidad de los actores al encarnar a sus personajes era muy importante, porque estaban viviendo algo similar a lo que muchos soldados experimentan en esa base. Además, el impacto visual de la locación era espectacular. (También te puede interesar: Detrás Cámaras de El Páramo)
El trabajo con los actores fue muy interesante gracias a una idea de Jaime: no les revelamos el guion completo. Todos tenían formación actoral, pero para muchos era su primera película. Algunos habían hecho teatro o televisión, pero la mayoría debutaba en cine. Hicimos una preparación con el coach Manolo Orjuela, pero no trabajamos a partir del guion ni de las escenas, sino desde los personajes:
- Ponce: Un soldado con esposa y un hijo en camino.
- El enfermero: Un tipo que ya no quería estar en ese escuadrón, porque hacían cosas incorrectas, contra los derechos humanos.
- Cortés: Consideraba al escuadrón su familia. “O están conmigo o contra mí”.
- El sargento: No le importaba pasar por encima de lo que fuera con tal de cumplir la misión y salvar a todos.

Hubo preparación actoral, física e incluso militar (estuvieron en un cuartel, haciendo polígono, disparos), pero nunca les contamos la historia completa. En un momento, les dimos el guion y luego se los quitamos. Así que llegaban al set con solo una noción de lo que pasaba, y Jaime les decía: “Tú vienes de esto, te acaba de pasar tal cosa”.
Habíamos hecho películas con mucha improvisación o con guiones muy rígidos, pero nunca habíamos ocultado la trama. Esto los obligó a reaccionar de manera más orgánica. El que fueran actores sin mucha experiencia ayudó, porque estaban más abiertos al desafío. Todo el equipo sintió que era una propuesta genuina, un reto actoral, y eso fue lo más valioso.
Lee la segunda parte de este especial aquí.
Material audiovisual cortesía: Rhayuela Films, Federico Durán, Dopping Fotografía, Jose Luis Rugeles.

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