Reseña de “Bardo, falsa crónica de unas cuantas verdades”- Experimentar el limbo


Por Sandra M Ríos U
Twitter: @sandritamrios


“La vida no es más que una suma de pequeños eventos sin sentido”. 

 

De odios y amores es la recepción que ha tenido “Bardo, falsa crónica de unas cuantas verdades”, la película con la que Alejandro González Iñárritu regresó a su país natal, México, dos décadas después, a rodar una historia tan extremadamente personal que ha irritado a muchos.

Desde Venecia ha cosechado comentarios poco favorecedores, pero curiosamente recibió ahí por parte de la asociación de universitarios el premio que mejor le encaja, el UNIMED, destinado a la película que refleja la diversidad cultural o promueve la libertad de expresión o artística, o los intercambios culturales.

Cuando la pequeña de 11 años años Sophie le pregunta a su padre Calum, qué pensaba que iba a ser de su vida futura cuando tenía la misma edad de ella, se produce el disparador de ese monstruo devastador que es la depresión y las ideas suicidas. Esto ocurre en la película “Aftersun”, la aclamada y personal historia de Charlotte Wells, y es una escena hiperrealista, porque detrás de esos severos bajones emocionales hay, muchas veces, esas preguntas inocentes o inconscientes que familiares, amigos y cercanos hacen a una persona y desatan un nuevo episodio de crisis. Así de complejas, frágiles y sensibles son las relaciones que se tejen con quienes la padecen.

El de “Aftersun” es un padre de apenas 30 años. El de Bardo es uno que está en su mediana edad. Ambos están adportas de abandonar su existencia. Ambos muestran lo que es una crisis existencial y en esos estados, sea desde el hiperrealismo o desde lo fantasioso y onírico, muchas de las ideas o comportamientos son erráticos. En “Bardo”, claro, es más notorio. Y lo es porque en la película de Iñarritu se habla de todo y nada, del ser, de la sociedad, del colonialismo, de la familia, de la profesión, de los miedos, de la migración y de la muerte, en opiniones que llegan sueltas, que no necesariamente se conectan unas con otras o que son contextualizadas, pero que sí son bien advertidas cuando su protagonista Silverio Gama, en una genial actuación de Daniel Giménez Cacho, asegura que “la vida no es más que una suma de pequeños eventos sin sentido”. Y es que como ocurre con las películas, a la vida se le exige ser entendida por completo, reflejando esa incapacidad humana de aceptar las cosas simplemente como van apareciendo. “Es una película en donde no hay que entender”, aseguró en su momento Iñárritu y debería ser una frase de apertura.

“Hace unos años, de repente me di cuenta de que el camino que tenía por delante era mucho más corto que el que había dejado atrás. Inevitablemente, comencé a explorarlo hacia atrás y hacia adentro. Ambos caminos son escurridizos y laberínticos. El tiempo y el espacio se enredan. El relato que conforma ‘nuestra vida’ no es más que un falso espejismo construido a partir de hechos vividos subjetivamente por nuestro limitado sistema nervioso. Bardo es un viaje entre la realidad y la ficción”. Como ven, la película entonces no ofrece cosa distinta, ni es tan extravagante, ni tan filosóficamente conflictiva como aseguran, o, es más, tan pretenciosa. Su historia esencialmente es la de un hombre que ha entrado en coma y en ese estado de tránsito entre la vida y la muerte, se dan sus vivencias y reflexiones y es ahí, donde el límite entre lo que es real (sus recuerdos) y lo ficticio permanecen en una línea bien difusa, donde los tiempos aparecen sin orden y donde los espacios son dinámicos y se transforman de repente, según la emoción que producen en este personaje.

 

Silverio es una especie de alterego del director, un periodista documentalista de prestigio que ha hecho su carrera en Estados Unidos, a donde ha llevado a su familia – Iñarritu desde muy joven se trasladó con la propia a California. A mayor edad, este autor, el protagonista, ha ido estrenando documentales cada vez más subjetivos, más personales, más autobiográficos, lo que comienza a ser cuestionable por algunos seguidores y colegas. Aún así le avisan que recibirá un prestigioso premio, convirtiéndose en el primer latinoamericano en recibirlo. El galardón se da en medio de las tensiones políticas entre USA y México por el manejo de la migración y sus fronteras, por lo que cree que su elección tiene el propósito de disminuir las tensiones. Le espera en México una serie de homenajes donde deberá confrontar a amigos y enemigos y, de paso, revisar su existencia.

Desde el privilegio que tanto le sacan en cara a Iñárritu y que no niega con frases en su propia película y, con la licencia que da un personaje que yace en un limbo, Silverio canta sus propias verdades (léase visiones) sobre el estado de su pueblo, sobre lo arrodillados que vivimos frente al Tío Sam, sobre el “linchamiento digital” que soportamos gracias a las redes sociales, sobre la nefasta función del periodismo sometido y limitado a las corporaciones, sobre ese idealismo inacabado del sueño americano, sobre esa identidad que se va desvaneciendo entre más años se esté por fuera de sus raíces. Desde ese privilegio provienen las críticas más feroces que le hacen a la película, porque se ha vuelto costumbre en estos tiempos, aquello de deslegitimar voces que no pertenecen a; si no eres mujer no puedes hablar de mujeres, si no eres LGBTI no puedes contar una historia LGBTI, si no eres víctima no puedes contar una historia sobre víctimas, si no eres… aduciendo en cualquiera de los casos que no hay verdad. ¿? Lo de Iñarritu también es feroz en ese sentido y tira sus dardos haciendo uso de la sátira y la ironía.

Silverio dice, en algún momento, que su peor fracaso es el éxito, un padre con una familia compuesta por esposa y dos hijos, a quienes ha intentado dar todo, un hombre que se empequeñece cuando aparece su padre, un esposo que comparte con su esposa la nostalgia permanente por perder a un hijo recién nacido, un hermano que a veces no ha estado para los suyos, un hombre que lidia con los fantasmas del pasado, con su presente y la incertidumbre de su futuro, un documentalista que es, quizás, un poco antipático y pedante, que está en esa etapa de la vida donde decir lo que se siente y se piensa sale con fuerza liberadora.

Sin duda, Iñárritu se ha explorado casi que metafísicamente con este personaje y referenciando, en especial, a Fellini ha creado una película de varios momentos hipnóticos, una película donde ese estado de limbo es una experiencia que cobra vida gracias al cine y la estupenda fotografía del experimentado Darius Khondji (Seven, Okja,  Funny Games), el majestuoso diseño de producción de Eugenio Caballero (El laberinto del fauno, Roma), el gran montaje supervisado por Martín Hernández (The Revenant, Birdman) y Mónica Salazar (Honey Boy), y la supervisión de los logradísimos efectos visuales de Guillame Rocheron (Life of Pi, 1917). Una película que, contrario a una mayoría y después de verla por segunda vez, se me ha hecho que es menos olvidable y desastrosa de lo que se ha vendido, una película sobre experimentar el limbo, sobre abandonarse, abandonar todo, dejarse ir. Sus 159 minutos se me hicieron largos cuando la vi por primera vez. En la segunda, pasaron como si fuera media hora. Así ocurre con algunas películas. ¡Denle una nueva oportunidad! Está en Netflix.

Ficha Técnica

  • Dirección: Alejandro González Iñárritu
  • Guion: Nicolás Giacobone, Alejandro González Iñárritu
  • Duración: 159 minutos
  • Género: drama, surrealismo
  • Producida por: Alejandro González Iñárritu, Stacy Perskie Kaniss
  • Reparto: Daniel Giménez Cacho, Griselda Siciliani, Xiena Lamadrid, Iker Sánchez Solano, Jay O. Sanders, Mar Carrera, Fabioel Guajardo
    Fernanda Borches
  • Montaje: Alejandro González Iñárritu, Mónica Salazar
  • Cinematografía: Darius Khondji
  • Música: Bryce Dressner, Alejandro González Iñárritu
  • País: México
  • Año: 2021

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