Entrevista a Natalia Orozco directora de El Silencio de los Fusiles


Por Sandra M Rios U
Twitter: @sandritamrios


El próximo 20 de Julio, día patrio en Colombia, se estrenará El Silencio de los Fusiles, película que será esencial para la memoria histórica del país, pues documenta lo que fueron cuatro años de negociaciones para alcanzar el proceso de paz con la guerrilla de las FARC.

El silencio de los fusiles de la periodista y documentalista Natalia Orozco es abordado en primera persona y ofrece un recorrido pausado y honesto de los inicios de los diálogos, testimonios de ambos actores del proceso y detalles únicos y desconocidos de su gestación, momentos de crisis y firma final.

La película tendrá únicas funciones los días 20, 21, 22 y 23 de julio en las ciudades de Bogotá, Cali, Medellín, Bucaramanga, Barranquilla, Manizales, Ibagué, Montería, Pereira, Armenia, Cartagena y Villavicencio.

 

Parece obvia la respuesta para una persona que es periodista y documentalista, pero ante una investigación tan extensa de cuatro años, ¿por qué optar por el documental y no un libro que restringe menos en cuanto a extensión?

Básicamente porque yo hace mucho tiempo, desde que estaba chiquita y me escapaba del colegio para acompañar a Víctor Gaviria a algunos rodajes, me di cuenta del poder de la imagen. Obviamente soy una enamorada de la literatura y de hecho fue a través de ella que comencé a viajar, pero para mí la fuerza que tiene el documental y el cine es irreemplazable. Digamos que por mi trabajo periodístico, aprendí a madurar como narradora con una cámara de televisión y aprendí a sentir lo elocuente que eran los silencios, las miradas, los gestos, y por ellos es que comenzó el divorcio con el periodismo por un tiempo.

¿Qué tanto se dificultó condensar todo ese trabajo donde grabaste tantos momentos claves del proceso de paz y en donde no todos tuvieron esa silla de privilegio para ver?

Obviamente en una sala de montaje siempre el reto es el tiempo, pero en este caso sí le tengo que dar todo el crédito a mi equipo. Yo monté la película con Etienne Boussac, que es para mí uno de los mejores montajistas del país, ha trabajado con Tarantino, con Polanski, fue el que montó “El abrazo de la serpiente” y “La mujer del animal”, y eso de alguna manera me dio mucha seguridad. Igual debo agradecer a Juan Fernando Mosquera, el asesor de guion, con los que sabía que me iban a acompañar en esas decisiones que en realidad son muy difíciles, porque uno se enamora de su material.

¿Cómo resolvieron eso? ¿Por dónde y cómo partir?

Después de cuatro años de rodaje y haber recorrido selvas, guerra, conflictos, víctimas, FARC, gobierno, yo llegué a la sala de montaje, tengo que confesarlo, con un arroz atollado en la cabeza. Fue gracias a ese trabajo paciente, a la disposición y poner las cosas en un time line que fuimos encontrando la historia. Hay una cosa que digamos fue muy importante al momento de decidir qué se queda y qué se va, y es que nosotros pensábamos empezar con un momento sorpresivo, en el que Timoleón  (Jiménez) y Santos se dieran la mano, o lo que fuera, pero al final nada salía, nada funcionaba, entonces nos dimos que cuenta que cuando uno está capturando la historia, lo que se debe imponer es la verdad y esa verdad muchas veces se impone sobre el deseo de creación e impacto. Entonces mucha de las cosas que quedaron por fuera eran importantes, pero esta es la historia de cómo yo viví el proceso y me tocó de alguna manera. Eso es lo que yo creo le da algunos momentos de fuerza y honestidad a El silencio de los fusiles.

El documental inicia con una pregunta personal que básicamente quiere resolver el origen de ese conflicto en su base profunda, ¿ese planteamiento cómo y cuándo se comienza a gestar?

Yo digo en el documental que hay vidas que se convierten en una pregunta y en esa idea yo puedo decir que desde pequeña he querido entenderlo todo. Ha sido el hecho de tratar de entender lo que me ha llevado a cubrir otros conflictos; estar en África del norte, meterme a Guantánamo. Siempre he querido saber el por qué. Pero en el caso de Colombia la pregunta que siempre me habitaba era por qué estos hombres y mujeres que de alguna manera reivindican una causa que considero es justa, la causa social y la justicia, llegaron a degradar la guerra de esa manera, por qué el ejercito que tenía la obligación de proteger pueblos y gente vulnerable, permitió que tantas cosas pasaran. Me preguntaba qué pasa en la condición humana, en el alma de un guerrillero que amarra a un secuestrador a un árbol, o un soldado que mata a un campesino para vestirlo de falso positivo. Entonces más allá de juzgar me ha movido por el mundo el deseo de entender. Sobre todas esas preguntas fue que se construyó la narración del documental.

¿Qué encontraste de diferente con los otros conflictos que has cubierto?

Puedo decir que este ha sido el viaje más apasionante y lo hice aquí en Colombia con los personajes de mi película, porque fue un viaje por la condición humana. Yo creo que es un viaje dolorosísimo, muy conmovedor, pero también absolutamente apasionante, sobre todo porque encuentras a personas que pueden ser profundamente crueles, de ambos lados, del ejército y la guerrilla, por ejemplo, pero también profundamente humanos.

¿Entonces siempre estuvo claro que esta investigación sería un documental y a dónde te llevaría?

Siempre tuve claro lo del documental, pero no tenía muy claro cómo se iba a desarrollar. Yo al principio, en mi absoluta ignorancia, decía que quería documentar los últimos días de la guerrilla más antigua del mundo y pensaba que estos hombres, que habían vivido en la clandestinidad por tantos años, me iban a permitir poner la cámara y me iban a contar todos sus temores y compartir sus sueños. Cinco, seis años después, me doy cuenta que eso es imposible porque desarmar el alma de personas que han estado tanto tiempo en la guerra es muy difícil, pero sí se generaron unos instantes de verdad que permiten que vayamos más allá del periodismo y logremos acariciar lo que es el maravilloso género del documental.

La narración es en primera persona. Hablémos de esa decisión

La decisión de narrar en primera persona creo que era necesaria porque en esta guerra nadie puede hablar por el otro o por todos los colombianos. Yo no puedo decir que los colombianos dijimos, los colombianos sentimos o vivimos, porque cada colombiano tiene su propia película de lo que fue la guerra y lo es este proceso de paz.

Entiendo que en 2012 inicias unos viajes preliminares, ¿cómo fueron esos primeros encuentros?

En 2012 cuando comencé a acercarme a la guerrilla y al ejército yo llevaba muchos años en el exterior, entonces no tenía ningún tipo de contactos, fue muy difícil, era una mujer y me veían como una pequeña burguesa. En el caso de las FARC hay que tener en cuenta que ellos sobrevivieron todo este tiempo gracias a la desconfianza, y en el caso del gobierno, como era algo que yo estaba haciendo como independiente yo les generaba muchas dudas. Tardé un año rompiendo barreras, hablando con los unos y los otros, a veces con cuestionamientos muy difíciles.

Este tipo de documentales de largos años, se desarrollan como mucha paciencia para lograr finalmente momentos únicos como los que ofrece la película. Cuéntanos los detalles de cómo lograste acceder a información, lugares y momentos que otros periodistas acreditados no tuvieron.

Los negociadores tenían un pacto y era que nada estaba acordado hasta que todo estuviera acordado, y yo el único pacto que hice con ellos era que nada estaba grabado hasta que todo estuviera grabado. Ellos a veces me lanzaban unas chivas gigantes como para ver si yo las iba a revelar, y pasaba un año, dos, y yo nunca conté absolutamente nada, entonces yo creo que eso fue generando las pruebas de que yo iba a cumplir mi palabra. Cuando nadie sabía que Timoleón estaba en La Habana, yo lo sabía. Cuando nadie sabía quién era Henry Acosta, yo llevaba entrevistándolo un año. Muchas de las cosas que pusieron a tambalear el proceso y que no fueron públicas, ellos sabían que yo estaba enterada. Es que a mi las chivas no me interesaban, no me interesaba atraer audiencia y creo que lo confirmé con este documental. Yo estaba absolutamente convencida de hacer algo que le sirviera a las próximas generaciones para entender, así fuera mínimamente, cómo Colombia, para bien o para mal, pasó esta página de la historia para siempre.

Los actores de este proceso de ambos lados que te sirvieron de testimonio, eran conscientes que ibas a hacer un documental, sin embargo, ¿nunca te interpelaron por el tono, te pidieron excluir alguna opinión o cosas por el estilo?

Todos sabían, sí, pero puedo decir que incluso fueron súper valientes porque teníamos una regla y era que podían expresar lo que querían, pero a la vez, yo podía preguntar igualmente lo que quería, entonces no habían temas vedados, no era posible que no preguntara, por ejemplo, sobre los diputados del Valle, ni tampoco que Humberto de la Calle me fuera a vetar porque yo le preguntara sobre los vínculos de algunas empresas privadas con los grupos paramilitares. Hubo sí, varios momentos de extrema tensión, ellos se ponían bravos y yo igual, luego nos calmábamos y volvíamos a empezar 15 días después. Todo se hizo dentro de un marco de muchísimo respeto. Sé que a Humberto de la Calle le saqué la piedra muchas veces, pero al final lográbamos sobreponer ese deseo de todos de dejar un documento para la historia.

Claro, finalmente este documental muestra lo que se vivió en el momento. No se recopiló la información y luego se hizo un recuento de lo que fue.

Así es, y se hizo además en momentos en los que estábamos en guerra. A uno se le olvida que yo estaba hablando con ellos de paz en La Habana y a dos horas de Bogotá habían bombardeos, entonces esa era la dimensión de lo que estábamos documentando y lo hacía muy difícil. Yo sentía que ellos a veces me querían decir la verdad, pero no podían.

Volvamos a la primera persona, al punto de vista. El documental tiene una voz personal, pero más allá de eso no es pretenciosa, ni tampoco tiene intenciones de generar controversias o polemizar sobre el proceso. Es más un ejercicio para la memoria y generar espacio para la reflexión.

Es muy bonito como lo formulas porque en realidad no había ninguna pretensión, primero ni de chiva y, segundo, de revelación alguna. Tampoco había la pretensión de filosofar o de presentarme como la experta en conflicto armado. La única pretensión que tenía era tratar de poner, en ese intercambio con los personajes que se la estaban jugando por hacer la paz, las preguntas que de una u otra manera tenemos muchísimos colombianos.

Sin contar detalles a los espectadores me gustaría que habláramos de dos capítulos especiales de la película, uno el que considero más doloroso pero bello a la vez, el de las víctimas del conflicto, y el otro, el de la visita a un campamento de soldados guerrilleros.

El de las víctimas fue, como dices, muy doloroso porque, si te das cuenta, en el momento en que llegan las víctimas me quedo callada. Lo hice por respeto, porque frente a lo que vivieron y su demostración de grandeza y humanidad yo no tenía nada qué decir. En cuanto al viaje al campamento para mi fue muy especial porque la guerrilla solo lleva a periodistas a campamentos que estaban preparados para recibirlos, pero cuando me llevaron a mi, ya habíamos construido una relación de más de tres años y ya estaban hasta cansados de mí, entonces como que se olvidaron y me dejaron ir. Pude vivir un campamento no artificial, preparado para recibir periodistas, sino a uno real. Fui por 19 días y allá nadie me prestaba atención, lo que era maravilloso, literalmente era un cero a la izquierda, entonces era perfecto para grabar sus encuentros. Me trataron muy bien, me servían la mejor presa. En ese viaje pude comprobar que una guerrilla no son los comandantes, sino los soldados, y el gran reto que hay es cómo se va a reintegrar a esos miles de combatientes.



Con todas esas conversaciones y cuestionamientos que se hicieron, pero que no salen finalmente en la película, ¿piensas hacer algo? ¿Ya lo has publicado?

No los he sacado todavía. Yo pienso que ahí hay varias películas pendientes, pero también quiero hacer otra donde tenga distancia. Yo creo que la narración del documental requiere distancia. Este trabajo es más un “current affair” (acontecimiento) como dicen los gringos, pero me gustaría hacer, digamos, un documental más de observación con todo el material que tengo, pero para eso voy a necesitar tiempo.

¿En qué momento aparece el título El silencio de lo fusiles?

Debo decir primero que siempre supe que el silencio de los fusiles y que incluso el acuerdo de paz en sí no iba a traer la paz completa. Terminamos fue una guerra con las FARC. Para mí El silencio de los fusiles era el título, porque funcionaba como el principio para que podamos escucharnos y comenzar a hacer la paz, que todavía está muy lejos. Recuerdo que siempre decía a los productores y por esos temas presupuestales que me dejaran ir hasta por lo menos cuando se silenciaran los fusiles. Al principio el título era un poco más largo, se llamaba “Cuando se silencien los fusiles” y fue cambiando hasta el nombre final.

A quienes participan en la película – el propio presidente, comandantes, ministros, guerrilleros -, les dejaste opinar de temas sensibles sin hacer réplicas, sin ponerlos contra la pared. Hablemos de esa decisión.

Mis intenciones no eran las de ser protagonista. Muchas veces en el periodismo se genera una dinámica, yo era también así, en la que uno pregunta y contrapregunta durísimo y termina el periodista siendo el protagonista. Yo solo quería entender, entonces lo que hacía, por ejemplo, era preguntar si las FARC tenían o no plata y sus respuestas, en las que tu vez como patinan, eran suficientes. No se necesita más, así que más que contrapreguntar y poner al otro contra la pared, como dices, lo que se necesitaba era estar tranquilo y sereno para hacer las buenas preguntas.

Este tipo de documentales son muy difíciles de financiar, ¿cómo fue esa otra etapa de una producción?

Ha sido como lo más duro. Ha sido la apuesta de la vida. Yo después de haber trabajado un año sola logré que RCN y Arte (canal francoalemán) se sumaran al proyecto que inicialmente tendría una duración de 58 minutos, pero cuando dije que quería hacer una película de dos horas, Arte no estuvo de acuerdo y RCN me dijo que me seguía poniendo la cámara y que si quería seguir, siguiera sola. Fue gracias al apoyo de mucha gente, de voluntarios, que logré llegar hasta al final, por lo menos hasta el silencio de los fusiles. RCN me apoyó también en la etapa final, pero debo decir que hubo apoyo de la pareja, de músicos que me hicieron la música prácticamente gratis. El documental es el resultado de la solidaridad de mucha gente.

Después del estreno limitado en salas a partir del 20 de julio, ¿qué sigue para la película?

Sí, estamos seleccionados en varios grandes festivales del mundo, ya fuimos a Berlín, Ecuador y Estados Unidos, pero ahora empieza una etapa muy emocionante que es la de los grandes festivales. Vamos a estar en Montevideo, Francia, Polonia y Guajaca.

¿Ya hay algún otro trabajo documental que estés desarrollando?

En realidad tengo una cantidad de historias en la cabeza, pero este año decidí entregar esta historia al mundo y le estoy pidiendo al ejército y la guerrilla que me presten unos soldados y combatientes para que vayan a estos festivales, porque yo quisiera quedarme en Colombia entregándole la película, uno, a las fundaciones que agrupan a las víctimas y, dos, a esos grupos sociales que estuvieron tan indiferentes a la guerra, para dialogar sobre comunicación no violenta y sobre el valor de la mediación, de la palabra y la sustentación, como única arma legítima para superar los conflictos. Siento que moralmente estoy obligada a hacerlo.




 


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