Entrevista a Carlos Moreno director de Lavaperros. ¿El regreso a sus orígenes?


Por Sandra M Ríos U
Twitter: @sandritamrios




“A mí me encantaría que se hablara de la misma manera irónica y descarnada como la película cuenta su relato”.

 

¿Vuelve o no Carlos Moreno a sus orígenes con esta nueva producción lanzada desde el viernes en Netflix? Esa es la inquietud con la que busqué conversar una vez más con el cineasta de la siempre recordada Perro come perro y con la que hay cercanías de base – desde su concepción se consideró que Lavaperros tuviera el mismo tono – pero también hay notarias diferencias, entre ellas un camino de paternidad personal que ha cambiado su visión del mundo.

Sin más preámbulos esto conversamos hace casi un año, pocos días antes de su viaje al Festival Internacional de Cine de Cartagena donde se estrenaría la película antes de su llegada a salas, algo que quedó imposibilitado todo el 2020 por la pandemia:

  • Esta historia no es tuya. ¿Cómo y cuándo llega a tus manos?

Esa historia nació de Pilar Quintana y Antonio García. Yo los conocía, pero no éramos amigos y un buen día me llamaron y me comentaron que tenían una historia que querían que fuera mi próxima película y que era una historia para ser contada en el tono de “Perro como perro”. Yo pedí que me la enviaran y Pilar me escribió un correo cuyo título decía: “Tu próxima película”. Al leerlo veo que ellos tenían un argumento que, digamos, no estaba estructurado por escenas, ni nada de eso, pero sí tenía diálogos y toda la cuestión. Ellos son escritores. Tenía una prosa no de novela exactamente, pero sí de relato y a mí me encantó.

  • Con ese subject ya había mucho poder de convencimiento y seguridad ahí.

Bueno, ella más segura que yo. Le pediré otro email con los números del baloto (risas).

  • ¿Qué cosas específicas te encantaron?

Le vi cosas, como dicen los franceses, del new noir, el nuevo cine negro, y a mí ese tipo de cine me encanta. Ese que tiene de thriller y gánster, y trata de esas historias sobre un dinero que se perdió y evocan películas tipo “No country for old men” y blah, blah, blah. Como un sancocho de cosas que en últimas hablan de la locura de alguien que toma un dinero, que no es mucho, y por eso se mete en problemas.

  • Originalmente la historia se ambientaba en Cali, pero termina ubicándose en Tuluá. ¿Por qué?

Hubo varios motivos. A mí me parecía que el asunto claustrofóbico de un personaje que anda con unos dólares encajaba mejor en una frontera más limitada, en un pueblo. Se me hacía que podía acorralarlo más. Yo quería exacerbar aún más ese sofoco atmosférico de la historia. Me parecía aún más patético en esa visión pretenciosa que tienen en algunos pueblos colombianos, vallecaucanos, con eso que “yo soy el duro del pueblo”. Yo quería hacer crecer ese patetismo y hacerlo más patente en un pueblo como Tuluá, que lo he venido observando por cuestiones familiares, entre ellas que mi hija y esposa son de allá. Esa cercanía me dio una mirada diferente para enfocar la historia.

  • Además de ambientarla en otro lugar, ¿que otros cambios propusiste?

Yo quería enmugrar aún más la película, hacerla más cutre, más decadente. Que tuviera esa ruina moral y que tuviera esa metáfora exterior: sus automóviles, sus casas, su forma de andar por el mundo. Yo creo que ese fue el camino todo el tiempo. Obviamente así comenzó el camino de las versiones de los guiones, que era el trabajo de dramaturgia de ellos y que yo, de alguna manera, compartía. Llegó el momento de participar en la convocatoria del FDC para estímulo integral y nos lo ganamos, entonces la película cogió cara. De alguna manera siento, de todas formas, que el guion se siguió escribiendo en el rodaje porque lo que hicimos fue que los actores conocieran el guion pero nunca lo leyeron.

  • ¿Cómo fue eso?

Lo que hicimos fue que lo leímos en conjunto, pero no se los di. Esto tenía una mezcla de actores profesionales, locales y naturales, y de alguna manera queríamos que lo que se hablara tuviera una clave de pueblo, que tuviera autenticidad, que se sintiera como una escena propia y no escrita para eso. Los actores terminaron hablando diálogos que realmente son más coherentes que lo que estaba escrito. Uno puede escribir un diálogo pero dicho es diferente. También lo hice porque de alguna manera fue un desquite mío con algunas producciones que te dicen que no puedes cambiar los diálogos (risas). Quería darle entera confianza al trabajo de ellos.

  • ¿El método fue entonces mucho menos controlado que en Perro come perro?

En “Perro como perro” fuimos como muy obtusos en que tenían que decir las cosas tal cual estaban y que tenían que tenerlo súper híper mega ensayado. Acá fuimos un poco más lapsos y siento que los actores se divirtieron mucho más, porque reconozco que en Perro como perro sí sufrieron mucho (risas).

  • Diego (Ramírez, el productor) decía que ustedes con esta película querían volver un poco a los orígenes. ¿Lo lograron y cuáles fueron?

Yo siento que esos orígenes los buscamos, pero no era algo alcanzable, porque no somos iguales. Sencillamente somos otras personas. Yo creo que Perro come perro nosotros la hicimos un poco asustados. Esa ingenuidad y arrojo que tuvimos para la película, y que fue muy buena para ella, ahora ya no la teníamos. También es que era otro momento que vivía el cine colombiano. Quizá algún día publique el storyboard de la película, porque yo cuando la veo digo ¡Dios mío, nosotros fuimos muy locos! La hicimos como muy precisa, parecía como un trabajo de una universidad, con el tema del lenguaje y demás.

Siento que esta película con el tono que tiene debe promocionarse distinto, porque nosotros y el país ha cambiado. Nosotros estamos siendo un poco complacientes, con un espíritu como muy godo que hay en estos momentos mediáticamente. Perro como perro se estrenó en una época donde las redes sociales no eran tan determinantes como lo son ahora y yo creo que eso ha creado una paranoia, un delirio de que todo lo que tenés que decir de vos tiene que ser bueno. No se puede ironizar sobre uno mismo. A mí me encantaría que se hablara de la misma manera irónica y descarnada como la película cuenta su relato.

  • El título de la película, Lavaperros, vincula a la gente con el narcotráfico y está bien porque así es, pero su historia medita sobre otros caminos como el de la decadencia.

Sí, en Lavaperros realmente se habla de una ruina. Considero que más allá de la reflexión, la película ironiza mucho y a través de esto se puede llegar a conclusiones un poco más duras que si Lavaperros fuera un relato más intelectual. Con esto me haces volver atrás, porque cuando estábamos escribiendo el guion de Perro como perro tuvimos un asesor a través de la Fundación Carolina (Joaquín Jordá, q.e.p.d.), que un día me dijo que esa película en realidad era de humor negro y yo inicialmente me negué, pero cuando lo entendí se nos abrió una puerta que sigue ahí con esta. El cine que nos gusta, no sé, de Sam Peckinpah, Tarantino o los Cohen siguen ahí en forma de género, de temática, de hablar de la ambición desmedida, de la alienación por el dinero, el sexo, la locura. ¿Me entendés? Claro, está en una clave menos profunda, intelectual, en forma de género.

  • Desde tu primera película me has hablado de Peckinpah, especialmente, y los otros referentes, e igualmente el tratamiento que les das a tus películas con el humor y el cine negro son una huella que has dejado en tu filmografía no sé qué tan conscientemente.

Pues mirá, es algo que me resulta cómodo, es parte del cine que me gusta y consumo, pero creo que igual me fluye naturalmente, con esto quiero decir, que cuando he escrito algo en ese tono es que ha salido así. Cuando nos hemos sentado a escribir con Alonso (Torres) estas cosas, yo creo que el asunto ha fluido porque se corresponde con nuestra forma de ser. Yo admiro mucho a David Lynch, pero creo que jamás podré hacer una película como él (risas). Esas atmósferas y sugerencias narrativas que logra son de su ADN artístico. No sé si recordás esa película de los Cohen que era toda una broma, un ómnibus.

  • Sí, La de Balada de Buster Scruggs.

Creo que fue con mi mamá que la vi y yo me reía de cosas que ella se quedaba mirándome como preguntándose de qué me reía. Pero es que es una broma, un poco pesada sí, pero es su estilo. Si recuerdas, escribieron Madagascar – Ethan Coen coescribió Madagascar 2 – y ahí está su sello. Eso del humor negro, me resulta divertido.

  • Pero tampoco podemos dejar a Lavaperros relacionada solo con el humor negro. Es urbana, tiene cosas del western, del cine policiaco y además tiene muchos personajes. Mezclarlo todo no es fácil. ¿Cómo hicieron?

Mirá, una de mis preocupaciones que tuve con Antonio y Pilar era que teníamos muchos personajes. Creo que Hitchcock era el que decía que tener un solo personaje era tener de por sí a varios niños y que controlarlos era difícil. Ellos me contestaron que consideraban que la arquitectura de la historia estaba bien con los personajes que había, y luego me puse a ver que al tener tantos personajes le dio a la película una sensación coral y de simultaneidad que impulsa la trama. Vos casi que tenés que estar pendiente de la aseadora marihuanera, de bobolitro, y realmente ves que todos son unos idiotas despreciables y estás atento a lo que van a hacer frente a una situación tan compleja.

Ese camino a mí me preocupaba mucho. Que eso terminara siendo un enredo y que terminara siendo, además, un desafío muy grande de realización y producción, pero al final, ellos dos hicieron un trabajo de relojería muy fino y funcionó bastante bien, es decir, no tuvimos problemas en el montaje, porque ahí es donde uno se lamenta de no haber solucionado un problema que veía en el guion y se aparece en la sala de edición. Esos fantasmas siempre terminan apareciendo ahí y cuando salen ya hay poco por hacer.

  • Otra diferencia con tus otras películas es que esta tiene muchas más escenas en la oscuridad, hay muchas más escenas nocturnas. Siento, y ya me dirás si estoy errada, que la iluminación y la fotografía fueron distintas. ¿Cómo fueron esas búsquedas?

No estás errada. Es así. De hecho, cuando hicimos el desglose de la película, de las primeras cosas que me dice Diego (Ramírez, el productor) es que tiene un montón de escenas de noche y yo le di la razón, pero también lo poco o nada que eso se podía mover en el guion. Andá movélo y verás los problemas. Cuando hablamos con Juan Carlos Gil (fotografía) nos dijo que tenía una idea, que nos la contaba después y que no quería que lo afanáramos.

  • ¿Cuál era?

Su estrategia resultó muy interesante y era que la luz no estuviera como tan al servicio de que todo se viera precioso, sino que se correspondieran con esos personajes que eran cutres. Quizás su tinglado era grande, pero la dirección de la luz era muy simple.

  • Hablemos de la época en la que se ambienta la película, si la hay específica, porque recuerdo que hay una escena donde se habla de ir a ver un partido del Palomo Usurriaga, algo así, entonces no sé si nos lleva a evocar a la Cali de los noventa o no necesariamente. Aclarémoslo.

No. La película tiene un truco y es que la película ocurre en un ahora y son los personajes los que están anclados en un pasado. Por eso ves sus carros viejos, su casa destartalada, sus accesorios son de otra época, incluso la música que escuchan y hasta lo que comen. Son personajes estancados.

  • ¿Lo del Palomo lo entendí mal?

Sí (risas). Lo que se dice es que le gustaría ir al Argentina a ver jugar el Independiente que ahí jugó el Palomo (risas).

  • Bueno, las desventajas de no saber de fútbol, pero como caleña lo referencio

(Risas). Bueno, pero a propósito de esto, hice un documental de él en Argentina. – El documental se titula “Palomo” y se estrenó por Telepacífico en diciembre de 2019.

¿Sabes? Cuando regreso a Cali casi siempre siento eso de haberse quedado en la ciudad de “El mundo de los niños”. Veo sus casas, sus calles, sus edificios como un poco estancados en el tiempo.

¿Crees? Eso es justamente Lavaperros, como una ruina. Ahora que citas El mundo de los niños, me parece un buen ejemplo. Un edificio del narco José Santacruz que lo expropieron y nadie sabía qué hacer con ese edificio y ahí luego metieron la Fiscalía. También hubo apartamentos. Yo tenía un amigo que vivía ahí y el ascensor se dañaba a cada rato. Era un edificio sin administración. Detrás de eso que también ves en Lavaperros, hay una ruina moral, porque digamos que siempre tuvimos la pretensión que los personajes fueran detestables éticamente. Tú ves que todos se traicionan y hay un sentido de lealtad difuso y mucha conveniencia. Eso de alguna manera, e hilando muy fino, que a veces no me gusta, es como una herencia de una revolución social. La opulencia que se convierte en ruina. Son personajes abominables.

  • En esa ruina que se muestra hay violencia, incluso femenina, un terreno que hoy en día es delicado de tratar.

La posproducción de esto se hizo en Argentina y me acuerdo que para ese entonces el tema del maltrato y los feminicidios estaban bastante calientes, entonces, la coordinadora de la posproducción justo me preguntó si creía que no iba a tener problemas con un feminicidio puesto en escena y yo consideré que no, porque no se estaba elogiando las conductas de estos personajes, por el contrario, se ve lo deplorable y patéticos que son y más como ocurre ahí que es arbitrario.

  • Hay personajes abominables y patéticos que son muy difíciles de ver en pantalla. ¿Sin buscar que el espectador empatice con ellos, quizá fue ese tono irónico el que hace que en Lavaperros se dejen observar?

Nosotros siempre estuvimos en la tensión aquella de oscilar entre el arquetipo y el estereotipo, porque a veces eso es como una meta dramatúrgica y sí, es una frontera que es muy difusa. A mí me parece que nos mantuvimos en esa frontera y lo veo desde como lo hicieron Antonio y Pilar, y como lo hicimos nosotros. De todas maneras, la película no tiene una pretensión épica, ni de mostrar una realidad del cómo es la sociedad nuestra, o de nuestra vida vallecaucana. Tampoco queríamos mostrar un capítulo de nuestra vida. Era más como mostrar literatura punk de Elmore Leonard que era la gran inspiración de los escritores, o como “Jackie Brown” de Tarantino.

  • Ya habías trabajado con Christian Tappan, este monstruo de la actuación, pero ¿cómo fue el trabajo con él para esta película?

Yo no podría decirte que la historia fue escrita para él, pero cuando ya el proyecto estaba madurando, pensamos en un actor popular que de alguna manera le abriera el camino a la película, así que le hablamos a Christian del relato y le gustó mucho. Cuando tuvimos fechas claras, Christian tuvo problemas de compromisos y comenzamos a sufrir un poco, pero mientras eso se resolvía, él se empezó a engordar a propósito, creo que casi 12 kilos, y tuvo muchas más propuestas. Yo le dije que no era necesario. Eso le creó unas consecuencias de salud, creo que de azúcar.

Con él buscamos que fuera un personaje indescifrable, irascible, de esos personajes explosivos que no sabés con qué van a explotar. Eso estaba escrito, pero yo quería animarlo aún más y Christian entró en ese juego muy rápidamente. Como las escenas son entre varios personajes, yo siento que todos ellos se conectaron rápidamente entre sí. A él le tocaban muchas escenas con John Alex (Toro) y entre ellos tienen una forma de entenderse que a mí me daba risa, porque era una actitud muy distinta a la de Perro come perro, que uno no sabía si estaban emputados de verdad (risas). De hecho, me encontré a Oscar Borda. Está vendiendo café y me regaló una libra (risas).

  • Hablemos del resto del reparto

Desde que hice Perro come perro me ha impresionado el talento que hay en el Valle, hay por ejemplo dos naturales en Lavaperros que son maravillosos: el turco y Joiner. Fijáte que Joiner no se había ganado ese papel, sino otro pelado, pero no pudo estar. Quien lo hace, Kevin, es un personaje sumamente talentoso que sin haber hecho nunca nada, de una entendió de qué se trataba. Un juego de asimilación que lo entendió muy bien. A mí me gusta mucho combinar eso de actores profesionales y no profesionales.

  • Hablemos del look clásico de cine de la película, de las decisiones para el diseño de producción.

Te voy a revelar un secreto. Nosotros queríamos hacer la película en cine, así que hicimos la cuenta y estuvimos muy cerca. ¿Por qué la queríamos en ese formato? Digamos que después de haber trabajado varios años con cámara de cine digital y óptica de cine, todo eso, el rigor del cine – que era de lo que te hablaba con el miedo que teníamos cuando hicimos la primera -, para nosotros es cada vez más importante. En Perro come perro y Todos sus muertos, cuando se hacen las cuentas de rodar en cine, nos daba que teníamos dos tomas por plano, lo que significa que prácticamente no podía haber errores. Significa esto también mucho ensayo y que nada pueda fallar, entonces el momento de dar acción es muy respetado. Eso nos gusta. Con el video, sentíamos que se había liberado un poco todo y toda esa ventaja tecnológica alcahuetea ciertas cosas, le da ligereza al trabajo del utilero, del foquista, etc.

Yo la quería hacer con el formalismo tradicional, así que hicimos las cuentas y claro, producir en cine ahora tiene problemas de desplazamiento y uno muy grave que era la producción. Llegamos a la conclusión de que por presupuesto (creo que 25 o 50 mil dólares), a pesar de necesitar menos personal técnico y menos equipos de informática porque ahora es dinámico, era imposible. Diego me mostró el Excel y me preguntó a qué se lo quitábamos, si eliminábamos una semana de rodaje, pero yo no quería quitar nada. Al final tomamos la decisión de rodarla en video (con cámara Arri Alexa). En esa discusión por el presupuesto, un día llegó el utilero y nos preguntó que cuánto había en la bolsa de dólares que se encuentra ese pelado. Eran 50 mil dólares, justo lo que necesitábamos para haberlo hecho en cine (risas).

  • ¡Qué buena anécdota! Estuvieron a una bolsa de lograrlo (risas)

(Risas) Bueno, nos tocó hacerle duelo a eso, pero forma parte de lo que estamos viviendo ahora con estos cambios tecnológicos, pero creo que la película la hicimos con un rigor similar, en ningún momento hicimos muchas tomas, porque no es mi método. Así que casi que simulamos estar haciéndola en cine. Ojalá mi próxima sea así.

  • Hablemos del gran trabajo de Andrés Porras para el montaje de esta película

Andrés es muy amigo mío. Él conocía el proyecto de antes y sabía lo que yo pretendía. Él hizo un primer montaje y luego afinamos cosas, porque él tenía todo muy claro. Obviamente, en su labor se sacrificaron escenas que a uno le duelen mucho.

La única película que tiene mi mano completa en la edición fue en Perro come perro y hoy en día creo que no debí hacerlo, porque he entendido que el diálogo en una película entre un director y un editor es muy importante, porque yo siempre he creído que el lenguaje del cine está en el montaje, sin embargo, no me puedo separar del todo de mi tradición, porque yo inicié en el mundo audiovisual como editor, pero sí creo que tiene que existir la figura de ese “urólogo” (risas) que te diga las verdades.

  • Otra de tus huellas marcadas es la música. ¿Tú piensas la película y al tiempo la música?

No, ocurre aparte. Aquí pasó algo similar que con Perro come perro. Acordáte que con ella hubo una copia, la del primer corte, que se filtró y es la más popular, que tenía música de Fania, de Ray Barretto que a mí me encanta, pero en el proceso de posproducción me dijeron que no se podía pagar y que buscáramos otras opciones, dejando las que se conocen y que también me gustan mucho. Hay tres momentos claves con eso en Lavaperros. Para la presentación de los personajes yo quería algo similar a lo que hace Guy Ritchie en “Cerdos y diamantes”, la propuesta que me hacen es no hacer un punk sino un track al que luego se le metió el flow (rapeo) y ahí apareció Juan por Dios. Con esa abre la película y me gusta porque es agresiva.

La segunda, es una canción que no la tenía pensaba. Johan, que ha trabajado conmigo como conductor, un día me dijo que se le había ocurrido una rima para la película, que terminó siendo “Quiero dinero”, producida por Marlon, quien hace de Duberney, el antagonista. Para la canción final, quería la de un cantautor mexicano muy particular, Juan Cirerol, y en todas las versiones estuvo esa canción, pero cuando intentamos negociar, él está con Sony o Universal y no hubo manera de pagar por ella y yo, honestamente, no sabía qué poner ahí. Eso me pasó con “Todos tus muertos”. Yo había comprado un disco de Velandia, que era un disco infantil, y dentro de esos había solo una canción que él cantaba. Yo se la había regalado a mí hija que era para ese entonces un bebé (ahora tiene 10 años) y pedí que la pusieran en esa escena a ver qué pasaba, y me gustó, entonces lo llamé y él me dice que escuchemos “Amor sideral”. Así fue que la encontramos. Lo demás que aparece, es autores de música popular.

  • ¿Con qué buenos recuerdos o momentos te quedas con esta película?

A mí me resultaba inquietante un poco ver cuando la gente no sabía del todo para dónde íbamos. Eso me gustaba. Por ejemplo en la escena de estas chicas que tienen esta banda de metal, la del pastor, el crew, que es gente que ha trabajado conmigo, y los extras se miraban sorprendidos. Algún día publicaré un ensayo con varias cosas que pasan ahí. También pasó con la escena de bobolitro con los perros, porque ocurrió algo bien particular y es que a mí me gustan los perros, pero les tengo algo de miedo porque me han mordido un montón. Ulises anduvo con ellos desde dos semanas antes, sin embargo, el entrenador pedía tener especial cuidado con uno. Ulises se preparó y para la escena comenzó a acariciarlos y los perros acto seguido se le montaron y comenzaron a besarlo, y nosotros del otro lado con toda esa tensión, pensando en que no lo mordieran. Lo hicimos a una sola toma, porque hacerlo más veces y llevarlo a otro nivel ya era empelotarlo y no (risas). Y otro momento bacano fue cuando vimos con Christian, John Álex y Ánderson la película, ellos se emocionaron mucho y se sintieron muy orgullosos.

  • ¿Qué ha cambiado del Carlos de Perro come perro al de Lavaperros?

Muchas cosas, pero la definitiva, yo creo, es la de ser papá y ver crecer un niño lo acobarda a uno. Como dicen por ahí, “cuando un hombre tiene un hijo, una sombra crece en él”. Uno siente miedo de verdad. Ser padre me afectó la visión del mundo.

  • ¿Qué proyecto sigue para cine?

Paralelamente a Lavaperros tengo otro proyecto que incluso creí que saldría primero. Es “Lobos perdidos” que escribí con Alonso. Queremos rodarla en el Cauca, tiene una parte de la financiación y algunas ideas de reparto, pero le falta. Es un thriller, thriller que deseo enormemente sea lo próximo.


 


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