“Sheep in the Box”: Kore-eda mira al futuro entre árboles e IA




Sheep in the Box: Kore-eda mira al futuro entre árboles e IA | El maestro japonés Hirokazu Kore-eda regresa a la Competición Oficial del Festival de Cannes con una obra que sitúa su habitual sensibilidad sobre los vínculos familiares en un futuro cercano marcado por la inteligencia artificial, explorando el duelo y la memoria a través de una pareja que convive con un humanoide de su hijo fallecido.

 Hirokazu Kore-eda vuelve a la Competición Oficial del Festival de Cannes con una propuesta que sitúa su mirada habitual sobre la familia en un futuro cercano. Protagonizada por Haruka Ayase y Daigo, la película narra el duelo de una pareja que decide integrar en su hogar a un humanoide idéntico a su hijo fallecido. 

“Sheep in the box” es un relato que se aleja de las distopías tecnológicas para buscar conexiones invisibles inspiradas en la naturaleza y la literatura clásica.

Hablar de Hirokazu Kore-eda en el Festival de Cannes es hablar de una relación de lealtad y reconocimiento que se ha forjado a lo largo de décadas. El director japonés no es un extraño en La Croisette; su nombre es ya una constante en la selección oficial, habiendo alcanzado la cima en 2018 con la Palma de Oro por Shoplifters.

Desde aquel Premio del Jurado por De tal padre, tal hijo en 2013, hasta los reconocimientos más recientes por Broker y Monster, Kore-eda ha demostrado que su capacidad para desmenuzar los vínculos humanos es inagotable. En esta edición de 2026, su nueva obra, Sheep in the Box, se presenta como una de las piezas más anticipadas de la competencia, reafirmando su lugar como uno de los maestros contemporáneos que mejor entienden la sensibilidad del evento francés, su curaduría.

La premisa de la película nos sitúa en un mañana no muy lejano, donde Otone y Kensuke intentan lidiar con la pérdida de su hijo Kakeru. La solución que encuentran —o que la tecnología les ofrece— es un humanoide que replica no solo la apariencia física, sino también la voz del niño ausente. Sin embargo, lejos de los relatos de ciencia ficción que suelen presentar a la inteligencia artificial como una fuerza antagónica o una amenaza para la humanidad, la producción sugiere que Kore-eda ha optado por un camino distinto. Inspirado por noticias reales sobre el uso de IA generativa en China para “revivir” a seres queridos, el director se plantea una pregunta que ya causa inquietud en el mundo real: ¿a quién pertenecen realmente los muertos?

Este punto de partida, que para muchos podría ser el inicio de una pesadilla tecnológica, es abordado por Kore-eda desde una perspectiva que él mismo define como más cercana a la mentalidad oriental: una de armonía y adaptación en lugar de resistencia. El título, Sheep in the Box (La oveja en la caja), es una referencia directa al clásico de la literatura El Principito de Antoine de Saint-Exupéry.

En la famosa obra, el aviador dibuja una caja para el niño, diciéndole que la oveja que desea está dentro. Kore-eda utiliza este símbolo para hablarnos de la pérdida de la imaginación humana, de esa capacidad de ver lo que no es evidente a simple vista, y de cómo la tecnología podría estar ocupando ese espacio que antes pertenecía a nuestra propia capacidad de crear y sentir.

Otro de los motivos que parece articular la narrativa es la presencia de los árboles, específicamente el concepto del “árbol madre”. El director ha compartido en sus notas de intención que investigó sobre cómo los árboles más antiguos de un bosque comparten nutrientes e información con los más jóvenes a través de redes subterráneas.

Esta inteligencia natural se entrelaza en la película con la profesión de la protagonista, Otone, quien es arquitecta. La arquitectura, para Kore-eda, funciona de manera similar a su cine: una forma de conectar materiales y significados distintos para habitar el mundo sin agredirlo. Es en esa intersección entre lo artificial (la IA), lo natural (el bosque) y lo construido (la casa) donde se desarrolla la convivencia de esta familia fragmentada.

El director expresa que: “La IA, los muertos e incluso los árboles y los bosques que aparecen en esta película suelen verse en las culturas occidentales como amenazas o como fuerzas opuestas a la vida humana. En las culturas orientales, sin embargo, estos conceptos tienen connotaciones algo diferentes. Esa forma de pensar probablemente también está muy arraigada en mí, por eso hice esta película preguntándome si podía llegar a un tipo de historia —y a un final— diferente al de las distopías habituales”.

El reparto cuenta con el regreso de Haruka Ayase, a quien ya vimos bajo las órdenes de Kore-eda en Nuestra hermana pequeña, película que también compitió en Cannes en 2015. En esta ocasión, interpreta a Otone, una mujer que debe aprender a convivir con la presencia física de un recuerdo. Junto a ella, el actor Daigo da vida a Kensuke, completando un retrato de pareja que, según las declaraciones del director, fue ganando peso durante el rodaje gracias a la química entre ambos. El joven Kuwaki Rimu, seleccionado entre más de 200 candidatos, asume el reto de interpretar al humanoide, una figura que pone a prueba la capacidad de los padres para dejar ir el pasado y aceptar un futuro que ya no les pertenece del todo.

En el apartado técnico, Kore-eda vuelve a rodearse de colaboradores de confianza. La fotografía corre a cargo de Kondo Ryuto, el mismo que capturó la luz de Shoplifters y la atmósfera de Monster. Su mirada es fundamental para equilibrar ese futuro cercano con la calidez orgánica que suele caracterizar el cine del director. La música, compuesta por Bandoh Yuta y su Ensemble FOVE, se aleja de los sonidos sintéticos habituales del género para buscar una sonoridad que dialogue con los motivos naturales de la historia.

Con Sheep in the Box el cineasta japonés se mete en un terreno no explorado en su filmografía, así lo confirma la premisa de esta obra, pero la lleva a sus intereses temáticos, donde siempre ha abordado temas familiares, basados en conflictos y  dualidades morales altamente complejas y les da un tono de extraordinaria cotidianidad.

La película no se va por los caminos de la distopía, sino por el relato y la observación paciente del cómo a los seres humanos con la llegada y posibilidades que brinda la IA se le está abriendo nuevas dinámicas en su relación con la muerte, en su forma de lidiar con el duelo y decir adiós, por lo menos en lo que respecta a la cultura occidental.

Al final de cuentas, con esta nueva participación en la sección oficial, Kore-eda no solo compite por una segunda Palma de Oro, sino que continúa expandiendo su universo cinematográfico, en donde la familia, en todas sus formas —biológicas, elegidas o incluso tecnológicas—, sigue siendo el centro de todo.

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