Botero: un documental homenaje al maestro – Crítica




Por Juan Carlos Lemus Polanía (Twitter: @jclemus)

Fernando Botero es el artista plástico colombiano más famoso de todos los tiempos. Botero, el documental, emplaza al pintor y escultor como el artista más vendido, y al que más exposiciones se le ha dedicado. Sin embargo, su obra es controversial por cuanto crítica y público no se ponen de acuerdo sobre su trascendencia en el mundo del arte.

Debido a mis escasísimos conocimientos en artes plásticas no soy quién para ponerme de uno u otro lado. Además, su trabajo nunca ha llamado mi atención; empero su fama y éxito le preceden. Esa falta de interés trae consigo falta de conocimientos sobre el personaje y obra. En algo más de diez minutos, la familia Botero charla con el patriarca en un concurrido restaurante, —voces de fondo y música clásica dramática matizan la conversación—, sabemos de sus orígenes humildes (¡!) y su condición de huérfano, quién le apoyó, de sus primeros trabajos, sus influencias, de sus aventuras y vericuetos. De un breve repaso de Madrid y sus museos, narración e imagen se mueven a Florencia. Y vuelta a Colombia.

El protagonista acá es claro, y redundante. No obstante, junto a don Fernando, lo son también los hijos que tuvo con su primera esposa Gloria Zea. Lina, Fernando y Juan Carlos intercambian con el artista algunos recuerdos íntimos y personales de su vida, los momentos que le impactaron y que luego le funcionaron en su quehacer. El documental revela obras inéditas del mismo, presentada por los “boterólogos” Lina y Juan Carlos, mientras hablan de las ambiciones que impulsaban al joven pintor. Menos acartonado y doctoral, el octogenario artista se muestra dichacharachero y cercano por cuenta de sus anécdotas tinturadas de humor. Otras voces autorizadas ilustran, por cuando dan un contexto temporal y geográfico, los procesos del reconocido pintor y escultor. Y es él mismo el que sabiamente da cuenta del porqué de su éxito: suerte. La que se le apareció en forma de Dorothy Miller, curadora del MoMA en su momento, cuando tocó a su puerta en el Nueva York de los sesenta y puso uno de sus cuadros en el emblemático museo. Y lo demás es historia. Como la salsa, de Nueva York al mundo, Botero se hizo a un trazo que se sostiene solo en el concierto del arte contemporáneo.

Don Millar realiza su trabajo bajo una estructura de documental clásica, haciendo que lo que nos quiere contar avance sobre esa contraposición entre el Fernando Botero persona y el artista, al tiempo que contextualiza con los lugares y momentos que le son importantes en su vida y carrera. Pero ¡ay!, la buena intención de la ópera prima de Don Millar — ha hecho tres cortos-, se queda en publirreportaje. Porque acá no hay contraste, no hay “malo”. En un documental cinematográfico se entiende una invitación a pensar en lo que estamos viendo. Siendo el trabajo de este don Fernando Botero tan controversial por fuera de época, simple, sobre expuesto o, para bien y mal, cercano a las masas, se esperaría que en este documental hubiese voces que exteriorizaran esas demandas. Y solo llegan hasta que ya se ha recorrido la mitad del mismo para no volver. Deja entonces Millar a los mismos sujetos que vienen dando razón de Fernando Botero para que hablen de la crítica y del cómo esta interpreta la obra del antioqueño, su padre. ¿Momentos difíciles? Salvo las reiteradas indicaciones a su condición económica inicial —¿el cliché colombiano por excelencia?—, y un terrible momento vital parece que tampoco hubo. Adolece pues este biopic de ese nivel dramático que tense el arco narrativo. “Un buen artista busca soluciones, un gran artista busca problemas”, dice don Fernando, pero estas palabras no fueron entendidas por Don Millar.

También falla en lo formal por cuanto cierta rigidez en las imágenes. Las entrevistas estás rodadas solo desde dos ángulos y a veces se acerca o aleja sin que los hablantes miren a la cámara. La acción, la base de la cinematografía, viene dada en los documentales por el uso de diferentes planos de lugares, de imágenes de archivo y documentos mientras los personajes están estáticos. Esta es la manera de engalanar las declaraciones y de no aburrir al espectador. Mas los planos usados, ¡cómo no!, tienen una función dentro del lenguaje cinematográfico. Y en Botero muchas veces no se les nota el propósito. Así, pues, tanto en lo que se oye como en lo que se ve se queda esta filmación sin tensión, y sí con algunos sinsentidos visuales, como las vistas aéreas de ciudades, que se ven más como publicidad turística que con algún sentido expresivo que implique en lo contado.

El otro asunto sería la intención del director. Y, o es un fanático del artista colombiano, o tal vez sea esto un trabajo hecho por encargo en clave de homenaje que los hijos le hacen a un padre. Porque acá se retrata al maestro como un ser bueno y generoso —los dos museos donados a la nación lo habían dejado claro ya—, que como artista se ha ganado el público más no la crítica. Y es seguro decir que una personalidad y estrella como este artista retratado tiene muchas más aristas a las cuales se les hubiese podido sacar partido en un documental sobre su vida y obra.

Ficha Técnica

  • Dirección: Don Millar
  • Guion: Don Millar, Hart Snider
  • Duración: 82 minutos
  • Género: Documental, biopic
  • Fotografía: Johan Legraie, Joe Tucker
  • Producción: Joe Tucker
  • País: Canadá
  • Año: 2018




 


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