Custodia compartida: Kramer vs Torrance – Crítica




Por Juan Carlos Lemus Polanía (Twitter: @jclemus)

 

Custodia compartida es un cuento mil veces narrado: hijos en medio de padres y madres en discordia. El tema ha dado para dramas abrasivos, Kramer Vs. Kramer (1979); como también para aterrorizarnos, El resplandor (The Shining, 1980). En su intento, a Xavier Legrand, León de plata en la Mostra 2017, le sale una combinación de estos dos géneros en su ópera prima.

Ruidos de una multitud dentro de algún edificio sobre un fondo negro. Oficina con grandes ventanas al exterior. Fundido a negro hasta que se oye un interruptor. Una mujer en la misma oficina, ella es la jueza que debe decidir “quién miente menos” en un caso de custodia compartida. Como en la adaptación mencionada de Robert Benton, un divorcio saca lo peor de los enfrentados y se presentan Miriam (Léa Drucker) y Antoine (Denis Ménochet) separados en el encuadre por la espalda de la jueza. El objetivo es Julien (Thomas Gioria), el que con once años, y al igual que su hermana Joséphine (Mathilde Auneveux), considerada adulta, ha dejado violentamente claro en una carta que no quiere ver a su padre. Un papá que no sabe donde viven sus hijos y que ni siquiera puede hablar con ellos. Los alegatos y las ambiciones de cada uno de los enfrentados son presentados mientras Miriam luce cansada y ausente en tanto que Antoine apenado e imponente — puntos para el casting —.

¿Es Antoine la bestia que describió la abogada de Miriam y la carta de Julien?, ¿están siendo Julien y Joséphine manipulados por la madre al punto de ni nombrar al papá? Dentro una cotidianidad estilo Dardenne, Legrand continúa su filme por situaciones que esclarecen a cuenta gotas quién miente. El director encierra a Miriam y los suyos, y le permite al espectador ir intimando con ellos. Los niños y Miriam están bajo presión. Custodia compartida es una película en donde los enfrentamientos de los protagonistas se reflejan contrastados en los espacios que estos ocupan; así los cerrados para la madre y los abiertos para Antoine. También la iluminación es útil en esta caracterización de los personajes. Como cuando Julien, por orden judicial, es recogido por su padre para pasar el fin de semana y la luz natural usada en la escena oscurece el rostro de los que se despiden con caras largas al niño mientras ilumina a un Antoine cariñoso y afable. No obstante, la película va entregando elementos para entender los motivos de los adultos. Esos encuentros entre Julien y su padre, con sus diálogos, el manejo corporal de los actores y, sobre todo, los primerísimos planos de Julien hacen inclinar la balanza. Y el director sigue agregando situaciones que ahondan los problemas y profundizan las simpatías, y las no, que sus intérpretes consiguen. Como la que cierra el primer tercio de la película: plano medio de ciertos pies y un revelador sollozo, que luego podremos completar. Lo malo, el realismo conseguido hasta este punto por el gran trabajo actoral se torna en aburrimiento dentro del farragoso asunto del que trata la película.

Además, porque a pesar de que el desarrollo y final de la narración concentran el tiempo en el día de cumpleaños de Joséphine, lo que hacen los miembros de esta familia atormentada y de que ya a la mitad del metraje sabemos quién miente, el metraje se hace cansino cuando la acción no avanza. Y no es porque no sucedan cosas, si no porque estas no llevan a ningún lado a los que las realizan. El director patina, y se siente que él nos quiere meter la mano en las emociones, que como las lágrimas de arrepentimiento mostradas en cierta escena ya no convencen. Lo que empieza a suceder se siente como si el autor no supiese cómo acabar su historia. Llegando la noche y la fiesta de la hija está en pleno furor, y es allí donde la paradoja de Custodia compartida se hace aún más evidente: a pesar de mostrar mucho ha pasado poco, como cuando vemos que pasan los minutos mientras se limpia un salón. Lo contrario a lo que dice merengue que acompaña a los bailarines, que se oye casi todo, el “despacito” acá significa poco.

La canción entonada por Joséphine en su presentación más ciertos sonidos y el de interruptores que apagan luces dan cuenta de su suerte. Ese fundido a negro se llena con otros sonidos: un timbre frenético. Tanto como el cambio abrupto de género. En el negro de la pantalla oímos suspiros, respiraciones y susurros.

Para concluir, la mezcla de los sonidos, la fotografía y las actuaciones son gratificantes —Gioria está magnífico— en esta ópera prima que peca por cuenta de un guion original lánguido donde no se sabe desarrollar la acción por parte del director. Su película se hace tramposa cuando no hay motivos previos en el desarrollo de los personajes para que se infiriera el truculento y ultraviolento desenlace propuesto por el director. Unas premisas iniciales que no se cumplen, y de un drama familiar pasamos en los pocos minutos finales una película de terror y de rehenes donde se ve como una brocha gruesa intenta extractos del grandioso filme en el que Kubrick adapta a King. Lo que sí cierra, encajando con el inicio del filme, es una puerta en la última escena. La que la ausencia de sonidos daría a entender que este es el verdadero fin de la historia, pero por contraste a lo visto funciona más como artificio que como final de esta narración.

Ficha Técnica

  • Dirección: Xavier Legrand
  • Guion: Xavier Legrand
  • Duración: 93 minutos
  • Género: Drama
  • Reparto: Léa Drucker, Denis Ménochet, Thomas Gloria, Mathilde Auneveux
  • Cinematografía: Nathalie Durand
  • Montaje: Yorgos Lamprinos
  • Música: Samuel Karl Bohn, Thibault Deboaisne
  • País: Francia
  • Año: 2017



 


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