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La Mejor Película Popular es lo más anti-Oscar que le hemos escuchado a la Academia de Cine de Hollywood.


Por Sandra M Rios U
Twitter: @sandritamrios


“Los Oscar ha sido la oportunidad de celebrar el cine de historias y no el de pirotecnia”

 

Lo primero que pensé al leer el comunicado de las Artes y Ciencias Cinematográficas de Hollywood era que ningún cinéfilo verdadero recibiría con agrado la noticia de la creación de una nueva categoría a la Mejor Película Popular. Fue cuestión de horas para que el rechazo, por fortuna, se propagara.

El día de ayer la Academia encargada de los tradicionales Premios Oscar ratificó a John Bailey como presidente y anunció otra serie de cambios en su intento afanoso por frenar las cifras rojas de la audiencia que sigue el evento.

Para ello la transmisión ya no será de cuatro horas sino de tres, haciendo que los ganadores en ciertas categorías – técnicas supone uno -, sean anunciados brevemente durante los comerciales. Los otros dos cambios tienen que ver con la fecha en la que se realizará la gala de premiación que regularmente es para finales de febrero o inicios de marzo, modificándose para el 9 de febrero en la edición del año 2020, recortando así distancia con los otros premios conocidos como la antesala, es decir, los Globos de Oro, que entrega la Asociación de Prensa Extranjera de Hollywood. La categoría de Mejor Película del Año vuelve una vez más a aumentar el número de nominados, pasando de nueve a un máximo de diez.

Volviendo a la decisión polémica de crear la nueva categoría de la “Mejor película popular”, no se reveló bajo qué criterios se elegirán las producciones, pero con su nombre se intuye que se le abre espacio a los blockbusters, a las películas más taquilleras.

La decisión está encaminada a complacer a la audiencia más joven, a los Millennials, que son quienes mueven mayoritariamente la industria cinematográfica. La Academia ha tomado medidas desesperadas en su afán por recuperar la cifra de los 30 millones de televidentes mundiales promedio con los que se contaban y que en la edición 2018 cayó a los 26.5 millones.

 

En los 90 años de historia los Oscar con todo y altibajos ha construido un prestigio que se ha sostenido finalmente por la elección misma de las películas ganadoras, películas popularizadas por la buena recepción que van cosechando en los festivales de cine y luego con su llegada a salas, y no por sus altos niveles de producción o sus elevadísimos presupuestos para el mercadeo – bueno sí, también por la alfombra roja y todo el show anexo a la moda y las celebridades que por ahí desfilan. 

Los Oscar ha sido la oportunidad de celebrar el cine de historias y no el de pirotecnia que,  contrario a lo que publica hoy un periódico, entrega los premios por comités conformados por miembros pertenecientes a la industria sin incluir a los críticos. Son los mismos directores, guionistas, actores, fotógrafos, sonidistas, etc., quienes ven y eligen sus películas favoritas. Son ya más de nueve mil miembros internacionales los que suma la Academia de Cine de Hollywood en la actualidad.



Estos cambios son lo más anti-Oscar que le hemos escuchado hasta ahora, incluso por encima de su necesidad de refrescar a sus miembros, de su inclusión femenina y racial y de levantar la voz y unirse sin mucha organicidad a banderas que no le pertenecen del todo. Que no aparezcan ciertos ganadores “menores” de sus hasta ahora 24 categorías en la ceremonia en vivo (sí en la retransmisión,  con edición de los mejores momentos)  es una falta de respeto. A un verdadero cinéfilo le importan los créditos finales de una película o, por lo menos, hace la diligencia de esperar a que se acaben de reproducir por completo para salir de la sala. Así mismo, sabe perfectamente que cuando un artista técnico es reconocido por la Academia con un premio y da su discurso, es su momento para mostrarse y debe ser escuchado.

Parece haber olvidado la Academia de Cine de Hollywood que con su elección de la Mejor Película del Año ya ha estado popularizando mucho más una producción y por tanto no se necesita otra categoría paralela. ¡Es redundante! Parece olvidar la Academia que no nacieron para complacer al público, así que si se va a meter en ese terreno,  debe recordar que la competencia ya está cubierta por los People’s Choice Awards y los MTV Awards, y seguramente otra lista de premios menos conocidos. Los grandes estudios ya no necesitan más empujes para sus grandes producciones. Academia, por favor, ellos pueden solos.

Viéndolo así, el cine que tendría cabida en esta categoría sería aquel destinado a la gran masa, a entretener, y por eso es un cine lleno ligerezas y sin mayor rigor que todos solemos perdonar por el disfrute que nos produce, que se hace incluso bajo unas fórmulas para minimizar los riesgos de no aceptación y que se calcula milimétricamente por el mercadeo, entonces no nos engañemos, la película ganadora en esa categoría no aguantaría esos discursos soberbios que han dado tanta sustancia en las pasadas galas de premiación.

Llamar a su nueva categoría “Mejor Película Popular” parece más bien un eufemismo para lo que sería premiar la película más taquillera del año, porque es de recordar que ya en el pasado los miembros han elegido como la película más importante a producciones de género altamente populares. Este año Guillermo del Toro ganó con “La forma del agua”, un largometraje de fantasía y romance. En 2009 nos sorprendieron con el reconocimiento al drama de Danny Boyle “¿Quién quiere ser millonario?”; en 2008 nos entusiasmaron con el western de los hermanos Coen “No Country for Old Men”; en 2002 con el musical “Chicago”; en 2000 con la épica historia de “Gladiador”; y 2001 con el drama biográfico “Una mente brillante”. ¡Ah!, y no olvidemos a “Belleza Americana”; “Titanic”; “Corazón valiente”; o “Forrest Gump”. ¿Esas han sido acaso películas impopulares?

Es una muy mala idea la decisión de los Oscar, es un acto desesperado que va en contra de su tradición. Ojalá atiendan menos el deseo de cautivar una audiencia joven que solo le interesa los blockbusters y se tomen el tiempo de leer el rechazo colectivo que esta decisión ha tenido en cinéfilos, periodistas y críticos alrededor del mundo.




 


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