Reseña de Judy de Rupert Goold – Un exclusivo encargo para Renée Zellweger






Por Daniel Andrés Ruiz Sierra (@TatoRuiz)

Ha empezado el año y con él la fanfarrona y muchas veces perezosa temporada de premios, que desemboca en febrero con el codiciado galardón que dan esos vejetes de la academia. También es el inicio del desquiciado afán por ver la mayor cantidad de películas nominadas, la aparente cinefilia exhibida en redes sociales, y una campaña desde las exhibidoras y distribuidoras por ponerse al día con lo más mainstream (masivo) en cuanto a cine se refiere.

Acaba de estrenarse una de las nominadas, Judy, que se supone narra con “auténtica precisión” los últimos meses y el trágico final de Judy Garland, esa mujer talentosa, esclava y víctima del star-system impulsado por el déspota Louis B. Mayer, que tiene aquí su justa exhibición.

Judy es un biopic con pretensiones de realismo y complejidad. Se cuentan aquí los intentos de su legendaria protagonista – unos 30 años después del estreno de la mítica The wizard of Oz – por sobrevivir económicamente a través de una serie de presentaciones bastante lamentables, sus líos de pareja y el temor de que sus hijos le sean arrebatados. También sus problemas con el alcohol y los fármacos, y su decisión de aceptar una serie de conciertos en Londres, eventualidad que funciona como el hilo narrativo, y supone la única forma para que su protagonista vuelva a tener un equilibrio familiar y personal. Todo esto en “férrea” conexión con su infancia, manipulada por una industria que la llevó a una serie de problemas personales, entre esos, el de ser una mujer insegura.

En poco menos de dos horas, se hace un amplio resumen de una vida tumultuosa, con personalidades del mundillo que entran y salen, y que refuerzan el momento en que Garland deja de ser reconocida como la gran estrella de cine, y pasa a ser objeto de burla y lástima. Sin embargo, y para deleite de un público masivo, Rupert Goold, su director, le concede a las secuencias de los ya sabidos desentonados y deplorables conciertos, un recubrimiento de brillo y espectacularidad que contrasta con el drama de su vida personal, enalteciendo así a la que alguna vez fue reconocida por su talento, de fluidos ademanes y facilidad para conectar con su público. Un recurso poco novedoso para el género, en el que se pretende subrayar – como lo han hecho hasta el hastío – que el artista solo es inmortal y magnífico en la medida en que esté sobre el escenario, pero en el que, para efectos dramáticos, tiene un par de traspiés que revelan sus inseguridades.

Judy es también un asunto político y es políticamente correcta. Está sincronizada en una época convulsa para la industria con el surgimiento del “Me Too” y la activación de causas feministas. No es casualidad la imagen de un tirano Louis B. Mayer – del que además se sabe le gustaba manosear y acosar a sus actrices- que persuade con tenacidad a una jovencita Garland para que no decline ante su oportunidad de volverse una estrella, frente a los deseos de ella de vivir como una niña normal. En Judy se presenta de manera implícita el abuso y el acoso por parte de Mayer. Hay una escena en la que pone su mano muy cerca al pecho de la niña, mientras afirma que elogia su voz. Tampoco es casualidad la imagen de una manager opresora que es la sombra de Garland, y quizás la representación de toda una industria que la esclavizaba y la obligaba, por ejemplo, a tomar fármacos para evitar que comiera, entre otras. Judy Garland es el mejor ejemplo de mujer sumisa que cargaba con la percepción de ser una mujer poderosa y libre.

La percepción de la figura de Judy Garland como icono gay también tiene aquí su representación. Goold aborda ese símbolo a través de una ridícula y sensiblera pareja de hombres maduros que de repente terminan recibiendo a la decadente estrella en su hogar, y que reaparecen al final de la película cuando la animan a terminar la interpretación de la afamada “Somewhere over the rainbow”. Una secuencia lamentable y estereotipada.

¿Y la actriz? Ella si me despierta un poco más de interés. Por todo. Se dice que esta interpretación es su gran revival (resurgir) – al parecer así lo sostienen varias de sus nominaciones y galardones del momento -, el regreso más interesante para una actriz que vertiginosamente pasó de la cima al subsuelo. Renée Zellweger ha descrestado por esa transformación física, que a veces me parece que raya en la imitación. Creo que muchas veces parece más preocupada por imitar gestos físicos de Garland. En todo caso no es nada desdeñable ese trabajo suyo, que es lo único sobresaliente en esa película tan irregular, tan tibia, y efectista.

Quizás Zellweger era la actriz indicada para ponerse en la piel de otra mujer vilipendiada. No hace mucho se convirtió en comidilla de la prensa sensacionalista cuando sus decisiones estéticas parecían haberle dado una autorización al público para hacer cualquier tipo de comentario sobre su aspecto físico. Esa conexión entre Garland y Zellweger no es – estoy seguro – ningún capricho del azar. Judy parece hecha a la medida de su actriz. Es un exclusivo encargo para Rénee Zellweger. Por su talento y por su experiencia – con la industria y con el público -, quizás un conveniente y urgente encargo para lanzar algún poderoso aviso que, a pesar de los avances, sigue dejando en evidencia que muchas mujeres siguen limitadas a opiniones y normas concebidas por el género masculino.

Ficha Técnica

  • Dirección: Rupert Goold
  • Guion: Tom Edge
  • Duración: 118 minutos
  • Género: Biopic
  • Reparto: Renée Zellweger, Finn Wittrock, Jessie Buckley, Rufus Sewell, Michael Gambon
  • Cinematografía: Ole Bratt Birkeland
  • Montaje: Melaine Ann Oliver
  • Música: Gabriel Yared
  • País: Reino Unido, Estados Unidos
  • Año: 2019

 


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